El papel del Banco de la República y la ópera bufa del Gobierno
Por: Stiven Vitola
El papel del Banco de la República responde a teorías económicas
monetaristas (neoliberales en lo político), que plantean dogmáticamente
que las tasas de interés afectan a los precios, pero no a la producción.
Bajo esa lógica de manual, aplican la premisa de que cuando suben las
tasas disminuye la inflación y no el PIB. Sin embargo, que lo que
realmente ocurre es una disminución drástica del consumo y la inversión
y, por ende, de la producción real.
Esta política "sándwich" genera un apretón asfixiante e integral para la
economía nacional: por arriba, las altas tasas de interés hunden el
consumo de los hogares y frenan la inversión de capital; mientras tanto,
por abajo, suben los costos laborales, por el aumento del salario mínimo,
disminuyendo drásticamente los márgenes empresariales y el ahorro
nacional. Es un escenario donde las empresas pierden toda capacidad de
maniobra: no pueden invertir por el costo del dinero y, al final de la
cadena productiva, simplemente no tienen a quién venderle.
Por todo lo anterior, la medida del Banco de la República no hay que
defenderla; sería un error técnico y político aplaudir su esencia
neoliberal. Pero este rechazo técnico no nos sitúa del lado del oficialismo.
El grave problema de la administración de Gustavo Petro es que no ha
cambiado el modelo; se ha limitado a un maquillaje discursivo —algunas
veces magistral— mientras mantiene intacta la estructura financiera y de
acumulación de siempre.
Escuchamos a Petro en una ópera bufa interminable, denunciando con
histrionismo que la subida de tasas del Emisor es una "actitud de matar la
economía colombiana" y una "oposición suicida" para su gobierno, cuyo
único fin —según su relato— es "enriquecer a los banqueros" a costa del
presupuesto nacional. Es su aria favorita, su balada revolucionaria
preferida en redes sociales.
¡Pero qué resistencia tan curiosa la suya, señor presidente! Resulta que,
mientras el discurso grita "revolución", los hechos económicos de su
propia administración gritan "negocio socio". La sátira se escribe sola
cuando contrastamos la retórica con los datos crudos.
Al mirar la gráfica del Tesoro: los TES (títulos de deuda pública) a corto
plazo han seguido rompiendo máximos históricos, con colocaciones
recientes a tasas de corte del 14,03%. Es decir, el Estado colombiano, bajo
la administración del cambio, está asumiendo una deuda monumental a
costos que jamás habíamos visto.
¿Y quiénes están comprando esta deuda? ¡Oh, sorpresa! : los Bancos
Comerciales, los Fondos de Capital Extranjero y los Fondos de Pensiones
han aumentado drásticamente su tenencia de estos títulos TES durante el
Gobierno de Petro. Como lo resume Aurelio Suárez, estos sectores
financieros "han hecho su agosto" financiando el déficit fiscal y externo
de este mismo gobierno, capturando tasas a 10 años al 14%. Es decir, el
gobierno que se queja de las tasas altas es el mismo que les está pagando
a los banqueros tasas astronómicas para que le presten plata.
Este festín de los TES genera un desplazamiento del crédito: para la banca
es más rentable y seguro prestarle al Estado que al ciudadano de a pie. Al
preferir el 'riesgo cero' del Gobierno, los bancos secan el financiamiento
para la economía real, encareciendo el crédito para todos mientras el
bolsillo público paga la cuenta de este idilio financiero.
Para más rigor, el economista Felipe Campos nos da el golpe de gracia
técnico. Nos recuerda que, aunque en el 2023 las tasas estaban altas, la
inflación también lo estaba. Hoy, con la inflación bajando, la tasa real que
el Estado les está garantizando a los banqueros y fondos de inversión es
del 8,2%(La diferencia de % de los TES y la inflación). Esto confirma que,
más allá del efecto inflacionario, el Gobierno —por decisión de sus
propias estrategias de Crédito Público— está asumiendo el costo
financiero real más exigente de la historia reciente, beneficiando como
nunca antes a los dueños del capital.

La crítica al Banco de la República es real y necesaria, pero es de una
hipocresía monumental que la haga Gustavo Petro. Es cínico tildar de
"suicida" al Emisor mientras el Ministerio de Hacienda alimenta
alegremente a los mismos "oligarcas" financieros con TES de lujo para
cuadrar su propio déficit. Repito. El grave problema de este gobierno es
que no ha cambiado el modelo. Parece que al presidente le encanta la
parte del modelo que le permite privatizar activos y otorgar concesiones
para obtener "plata fresca" inmediata —o para pagar deuda con deudas
más caras—, pero desprecia la otra parte —las tasas de interés que
frenan su gestión—. Pero el modelo no es un menú a la carte; es un
paquete integral que el gobierno ha decidido aceptar, administrar y
profundizar. Los hechos contradicen el relato oficial: la entrega de la
participación estatal en Coltel, la transferencia de la red de fibra óptica de
Azteca a Claro, las gabelas en la subasta 5G y la adjudicación de
megaobras bajo la leonina Ley 1508 de concesiones. Al mantener los TLC,
los peajes y el negocio del SITP, el gobierno no está siendo víctima de una
"dictadura" del Banco de la República, sino que es un administrador más
del sistema.
Esta situación recuerda a la metáfora del perro que se quiere morder la
cola. El Gobierno gira en un bucle eterno e histriónico: critica con furia las
tasas de interés (la cola) alegando que frenan el progreso social, pero al
mismo tiempo alimenta y protege con sus propias decisiones de
financiamiento el cuerpo de ese mismo modelo neoliberal que exige esa
dependencia financiera. Es una futilidad absoluta. Si el presidente decide
que le gusta una parte del modelo para financiar sus planes, por
coherencia debe aceptar que es cómplice de la otra. Mientras no se
rompa con la estructura de fondo, el país seguirá siendo el escenario de
un perro que da vueltas sobre su propio eje, agotándose sin avanzar,
mientras el modelo de siempre sigue ganando la carrera.