El agua nos llama, es hora de actuar
Por: Rita Mendoza Simahan
En nuestra tierra Caribe, el agua siempre fue canto y promesa: los ríos que contaban sus historias, ciénagas que reflejaban el cielo y los grandes aguaceros que llegaban como bendición. Y hoy en día, bajo el sol inclemente que castiga y reseca, esas voces se han hecho débiles.
Cuidar el agua no solo es una consigna, es la urgencia de una región, nuestra sabana Caribe, que siente como se estrechan sus fuentes.
Este escrito nace de esa inquietud, y es de suma urgencia DE SEMBRAR CONCIENCIA REAL, de traducir la pedagogía escolar y ciudadana, en hábitos cotidianos para lograr convertir las palabras en actos concretos para proteger lo que nos da vida.
Hay contradicciones que duelen, una de ellas es que enseñamos a los niños en las escuelas y a los ciudadanos en jornadas y capacitaciones especiales a valorar el agua. Pero desafortunadamente la realidad cotidiana de estos pueblos, no acompañan las enseñanzas recibidas. Las llaves siguen abiertas, las bolsas de basura flotan en los arroyos, la siembra de los arboles no son prioridad y no tenemos conciencia ambiental en el manejo de las basuras.
¿Dónde se rompe el hilo entre lo que sabemos y lo que hacemos? Parte del problema es pensar que la educación por sí solo basta. No basta con decir, hay que transformar estructuras y prácticas, como las políticas públicas que regulen el uso y la protección de los acuíferos y ríos; inversión en infraestructuras para evitar la pérdida de agua; programas comunitarios sostenibles, que integren a la gente en la toma de decisiones; y, sobre todo, modelos económicos que valoren la conservación por encima de la ganancia inmediata.
También, hay una responsabilidad cultural, en estos pueblos de la sabana, muchos hábitos nacen de la necesidad o de la costumbre, pero otros persisten por indiferencia o falta de alternativas. Queda claro que llamar al autorreflexión y sin compromisos concretos se queda en palabras. Si unimos la pedagogía con la práctica y la política con la participación, veremos muchas campañas efectivas que no cambien el cauce real de nuestras fuentes hídricas.
Definitivamente tenemos que encontrar un punto de equilibrio, entre lo que enseñamos en la casa, lo que se aprende en la escuela y lo que la comunidad practica cada día y esto exige un compromiso compartido: familias que enseñen con el ejemplo, docentes que vinculen la educación ambiental con proyectos reales, gestores culturales y líderes comunitarios que promuevan el cuidado del agua, y autoridades comprometidas con infraestructura y regulaciones eficaces.
Pero más que acciones aisladas, necesitamos un cambio de mirada: RECONOCER EL AGUA COMO PATRIMONIO COMUN Y NO COMO RECURSO LIMITADO. Que cada comida, cada cosecha y que cada garganta que bebe el agua, sea motivo para agradecer y para proteger.
Hoy los invito a cuestionarnos: ¿Qué hábitos puedes cambiar desde mañana para que el agua dure más? ¿Qué compromiso podemos asumir en familia y en la comunidad? Este es un llamado desde el corazón “CUIDAR EL AGUA ES CUIDAR LA VIDA”. Si logramos que el saber se convierte en práctica habremos sembrado la esperanza de que los arroyos, los ríos, el acuífero y las guas lloradas o subterráneas dejen de pedir auxilio y empiecen nuevamente, a respirar con nosotros.


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