jueves, 12 de marzo de 2026

Columna de Opinión

Quejido cuatrero: un sonido que se incrementa cada cuatro años

Por: Felipe Carlos Amaya




El país eligió su “nueva” conformación del Congreso de la República para una legislación que inicia el 20 de julio de 2026 y que enfrenta nuevos retos en materia de transformaciones estructurales para el país, que incluyen las reformas que siguen pendientes para la garantía de derechos de la población vulnerable y no vulnerable, hasta lo relacionado con la apuesta política de recuperación fiscal y financiera que refresque la economía y permita generar un diálogo amable y favorable para todos los intereses empresariales, de inversión social, de empleabilidad y demás.  En tal sentido, los electos por el departamento de Sucre, tanto para el Senado como para Cámara de Representantes, no pueden ser la excepción a la regla y a los retos, toda vez que guardan una relación directa con la población que los eligió y con las realidades territoriales que persisten durante décadas, por lo que animamos a que logren estar a la altura y sea el inicio de una nueva era para el departamento.

En ese mismo orden de ideas, cada proceso electoral deja a su paso una serie de análisis alrededor de los resultados en materia de votos, pero también deja espacio para las conversaciones sobre los candidatos o candidatas elegidos, sobre la participación de la ciudadanía, sobre la compra y venta de votos, sobre las coaliciones, en fin, hay toda una oportunidad para expresar el sentir frente a un proceso que marca una ruta política importante en el devenir de los territorios. Y en esa conversa, también tiene espacio el quejido cuatrero, un sonido que resuena en el territorio cada cuatro años luego de un proceso electoral.

Para nadie es un secreto, que luego de cada debate electoral, vienen esas expresiones de la mayoría de la población en torno a las realidades territoriales que siguen teniendo y que están allí luego de pasar el hipnotismo causado por unas elecciones temporales y que se realizan cada determinado tiempo. Y es que esas realidades territoriales del mal estado de las vías, de los problemas de la salud, de la débil infraestructura y desarrollo de la economía rural, del problema de suministro de agua potable, de la carencia de viviendas, etcétera, siguen vigentes muy a pesar que el elector se alegre de recibir una dádiva electoral monetaria y temporal, de haber salido electo el candidato que marcó (en muchos casos sin conocerlo y conocer sus apuestas), y de haber “tumbado” a los distintos mercaderes de la política al no elegir a tal o cual candidatura.

Esta realidad muy marcada en el departamento de Sucre y en muchas partes del país sigue su tránsito desmedido hasta ser normalizada y en muchos casos, avivada por una población fanática que sigue llevando y eligiendo personas que luego ya no responden a los intereses de la población que lo eligió y, en últimas, lo utilizó nuevamente como mero instrumento para su llegada al poder. Y es allí donde radica la importancia de colocar las íes de un problema estructural, como resulta ser la participación político electoral de la población y el impacto real de sus decisiones, que cada vez está más cuestionado. Poco a importado el tener una legislación y normas que le dan un empoderamiento a las comunidades a la hora de ocupar y establecer los mecanismos de participación ciudadana y se sigue sucumbiendo ante mecanismos externos y ligados a otros factores.

Finalmente, hablar de quejido cuatrero no es hacer analogía al significado gramatical de la palabra como un bandido o ladrón porque lo que se busca es ubicar una realidad territorial en el tiempo (4 años) bajo el sentir o dolor representado en un quejido. Sin embargo, no podemos dejar pasar que cada actitud asumida por el ciudadano en este tipo de procesos, que avala o apoya acciones por fuera de las normas y que contribuyen a su misma destrucción, son consideradas un robo a la verdad misma, porque representa ya no una acción aislada sino se convierte en una epidemia del colectivo, una oportunidad más para mantener en el poder a quienes no los defienden, para justificar sus acciones, para hacerse los ciegos, para propiciar aplausos, en fin, para normalizar una situación y con ello arrastrar la dignidad, los principios, la rendición de cuentas, la verdad, al ser humano en su esencia. Un pueblo que se ciega es un pueblo que se destruye desde adentro y mantendrá alimentando el quejido cuatrero.

 

FELIPE CARLOS AMAYA DOMÍNGUEZ

 

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