Política de centro
Por: Hernán De la Ossa
En medio de las opiniones que agitan por estos tiempos a la política colombiana, la prensa y los corrillos llenan sus haberes con un concepto del que apenas tenemos conocimiento y cuya injerencia electoral parece marcar los rumbos del sufragio en la modernidad.
En Colombia nadie sabe cómo ni cuándo apareció, cual singular epifanía. Hemos inferido muy deliberada y criollamente, que ser de centro es no estar de acuerdo con los dogmas y propuestas de los partidos que representan los extremos y que es una posición sin diferencial alguno.
Resulta que este fenómeno, en el que la gente se refugia para mirar con mejor ángulo a la política colombiana, nace en la Francia del siglo XIX en el marco de la tercera república después de la caída de Napoleón III. Lo curioso es que la visión no ha cambiado en nada desde su aparición en la arena política y sigue siendo, desde el siglo XIX, una posición de comodín que se va diluyendo e inclinando según las conveniencias del momento.
Escribía el político de izquierda Emmanuel Berl que “para los partidos políticos de centro, una doctrina es falsa no porque sea falsa, sino porque es doctrina” y nada nos ilustra más que esta frase cuando queremos entender porque gente que dice ser de centro acaba abyecta a una política extremista. Estar en la mitad de los radicalismos permite no disgustarlos e igualmente, de acuerdo con la circunstancia, recibir concesiones sin tener una línea de pensamiento o un discurso no distinto al “cambio sin absolutismos”.
Entonces se empezaron a inventar los nuevos rótulos; “centro derecha”, “centro izquierda”, “partidos sociales demócrata” y cualquier suerte de nombres que incluyan un punto neutro y uno sustancial, lo que a todas luces quiere decir “no estoy de acuerdo contigo del todo, si me necesitas voy, pero si me das lo que pido”. Para sorpresa de muchos este sector acabará definiendo las elecciones.
Políticamente el centro colombiano es irrelevante. En las pasadas elecciones legislativas la tendencia fue a los extremos y los partidos neutros quedaron reducidos a cifras tan nimias como sosas y desde que se descubrió su existencia, los candidatos que procuran no tomar una posición determinante, acaban uniéndose a un extremo conveniente o simplemente se van a ver ballenas.
Los llaman tibios y en algunas ocasiones “mamertos” o “godos”, pero en realidad pertenecen a una especie mutante y camaleónica. Esta es la realidad que afronta Colombia con un sector que no reconoce la polarización, pero acaba polarizando con alianzas estratégicas, que determina los finales y que se acomoda a las condiciones.
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