De Cañafístula a Caucasia: una paradoja de Colombia
Por: Fernando Guerra
Antes de la llegada de los españoles a estas tierras revueltas, el territorio estaba habitado por indígenas zenúes y nutabes, que tenían su hábitat en las cuencas y en las confluencias de los ríos Cauca, Nechí y San Jorge, una arcadia feliz de ciénagas y rutas fluviales que cuidaban con esmero y sabiduría. Estas aguas fueron, desde temprano, vías de comunicación fundamentales. Más conectada históricamente con Magangué, La Mojana y el Caribe interior que, con Medellín, la región desarrolló una identidad híbrida: administrativamente antioqueña, culturalmente anfibia y caribeña.
Caucasia, incrustada entre las serranías de Ayapel y de San Lucas, sobre la cuenca baja de los ríos Cauca y Nechí, limita con los departamentos de Córdoba, Sucre y Bolívar, y con Nechí y el Bagre por el este, con Zaragoza, por el sur, y por el oeste, con el municipio de Cáceres. La Caucasia del presente fue conocida como Cañafístula, un pequeño puerto ribereño integrado a su sistema hidrográfico, en los comienzos de la navegación fluvial. Su vida giraba alrededor de los vapores, del comercio y del oro. Pertenece a la subregión del Bajo Cauca antioqueño, de la que es su municipio más importante, (1886) que integran, además, los conglomerados urbanos de El Bagre (1675), Nechí (1636), Cáceres (1576), Tarazá (1953) y Zaragoza (1581).
La historia de estos poblados urbanos es fascinante, ligados profundamente a la historia de Antioquia y del país y hoy su suerte está cruzada por la incertidumbre generada por nuestros tesoros tristes: el oro y la coca. Desde el siglo XVII-XVIII, Antioquia fue de las grandes productoras de oro del país. Hoy es el mayor productor. Desde finales del siglo XIX y buena parte del XX, Caucasia se comunicaba con el Bajo Cauca, Magangué, Ayapel, Barranquilla, La Mojana. El comercio que seguía las corrientes fluviales y no las montañas andinas fue fundamental en su desarrollo y entrelazaba la región con el circuito económico nacional. El agua vertebraba y organizaba el territorio. Como ocurrió con todos los puertos de la cuenca Magdalena-Cauca, la decadencia de la navegación fluvial afectó su dinamismo económico.
Durante la Colonia y los siglos XVII, XVIII, XIX, las explotaciones auríferas atrajeron migrantes desde Antioquia y la costa Caribe. El río Nechí y todo el Bajo Cauca se convirtieron en uno de las grandes áreas mineras del país. A finales del siglo XIX y comienzos del XX se consolidó el poblamiento estable. Muchos colonos antioqueños, de Córdoba, Sucre y Bolívar llegaron buscando un lugar en el mundo dando ocasión a una fuerte influencia cultural costeña y sabanera. Caucasia es costeña en su cultura, música, gastronomía y clima social. Es el límite donde termina un país, Antioquia, y empieza otro: las enormes sabanas de Córdoba y Sucre que encierran y condensan el maravilloso caribe colombiano. Un híbrido fantástico de gentes llenas de sudor, vigor y optimismo.
La expansión minera, las carreteras y la colonización convirtieron al viejo puerto en una ciudad estratégica. La coca llegó después, complicándolo todo. El nombre de Caucasia simboliza la transición de caserío ribereño a nodo urbano regional. Caucasia ha tenido una progresión demográfica importante asociada al irresistible imán de la minería. La batea, la arriería y el trabajo arduo son sellos característicos de la cultura antioqueña que figuran en los frescos más emblemáticos de su muralismo.
Sin embargo, el crecimiento llegó acompañado de profundas tensiones. La riqueza aurífera y la posición geográfica del territorio terminaron atrayendo también a guerrillas, paramilitares y organizaciones narcotraficantes. El Bajo Cauca se convirtió en escenario de disputa por el control del oro, de las economías extractivas, de las rutas ilegales dando lugar a expresiones de violencia que no fue ideológica. Fue, sobre todo, una lucha por rentas económicas. El paramilitarismo reorganizó buena parte de la vida regional. Controló corredores estratégicos, penetró economías locales y terminó vinculado a la minería ilegal, al narcotráfico y a las redes de poder territorial. La minería ilegal y el narcotráfico han tenido una relación simbiótica. La circulación de capitales ilícitos produjo una sensación de bonanza visible en el comercio, la construcción y la expansión urbana, pero esa prosperidad convivió con desplazamientos, asesinatos y degradación ambiental e institucional.
Pocas ciudades en Colombia muestran con tanta claridad la distancia entre riqueza territorial y bienestar social. El Bajo Cauca parece condenado a una paradoja persistente: producir enormes flujos económicos mientras amplios sectores de su población continúan atrapados en la pobreza, la informalidad y la violencia. El Bajo Cauca es la región más pobre de las nueve subregiones del departamento de Antioquia.
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