Una visión de la Colombia del futuro
Por: Héctor Merlano Garrido
Cuando me desempeñé como Consejero de la Embajada de Colombia en Brasil, escuché una reflexión que jamás he olvidado. Durante una reunión diplomática, un embajador británico afirmó que Brasil no debería llamarse Brasil sino "Belindia". Con esa expresión pretendía describir la coexistencia de dos realidades dentro de un mismo país: una semejante a Bélgica, caracterizada por altos niveles de desarrollo, institucionalidad y prosperidad; y otra parecida a la India, marcada por profundas carencias sociales y económicas.
La reciente elección presidencial colombiana parece haber vuelto a poner de presente una realidad similar. El mapa electoral mostró dos visiones distintas de país y dos maneras diferentes de entender el futuro de Colombia.
En buena parte de las regiones con mayores indicadores de desarrollo económico, fortalecimiento institucional, generación de empleo formal, inversión privada y crecimiento empresarial, el respaldo ciudadano se inclinó hacia la candidatura de Abelardo de la Espriella. Muchos de sus seguidores identifican en él una propuesta asociada al crecimiento económico, la seguridad jurídica, la promoción de la empresa privada y la modernización del Estado.
Por otra parte, amplias zonas del territorio nacional afectadas históricamente por la pobreza, la violencia, la debilidad institucional y el rezago en infraestructura respaldaron mayoritariamente a Cepeda. Para sus electores, esta opción representa una respuesta a problemáticas sociales históricas y una apuesta por modelos distintos de intervención estatal.
El gran desafío del nuevo gobierno consiste precisamente en cerrar esas diferencias. Ningún país puede aspirar a la estabilidad política cuando amplias regiones permanecen atrapadas en ciclos de pobreza, baja productividad, violencia o limitada presencia institucional. La verdadera transformación no se logrará únicamente mediante discursos o reformas legales, sino mediante la generación de oportunidades reales para millones de colombianos.
Si Colombia logra reducir esas brechas, fortalecer la educación, atraer inversión, garantizar seguridad y ampliar las oportunidades de movilidad social, las diferencias políticas seguirán existiendo —como ocurre en toda democracia—, pero se desarrollarán sobre una base social más sólida y equilibrada.
Quizás entonces dejaremos de ser una nación de contrastes tan marcados y podremos construir una Colombia más integrada, más próspera y más unida en torno a objetivos comunes.
Existe además un fenómeno que merece una reflexión más profunda. La pobreza y la falta de oportunidades suelen convertirse en terreno fértil para el surgimiento y consolidación de determinadas corrientes ideológicas. No es casual que muchas de las tesis políticas que tuvieron auge durante los movimientos sociales y revolucionarios de mediados del siglo XX continúen encontrando eco en sectores de la población que aún no han logrado incorporarse plenamente a los beneficios del desarrollo económico y la movilidad social.
Resulta llamativo que, en pleno siglo XXI, todavía existan dirigentes políticos, académicos y jóvenes que reivindiquen postulados inspirados en el marxismo clásico, una doctrina formulada en un contexto histórico completamente distinto al actual. Las experiencias políticas y económicas desarrolladas bajo esos presupuestos fueron objeto de profundas revisiones teóricas y prácticas durante las últimas décadas del siglo pasado, particularmente después de la caída del bloque soviético y de las transformaciones experimentadas por países que abandonaron los modelos de economía centralmente planificada.
Por ello, más que revivir debates ideológicos del siglo pasado, Colombia debería concentrar sus esfuerzos en construir las condiciones que permitan superar la pobreza, fortalecer la productividad y ampliar las oportunidades para todos sus ciudadanos. Cuando una sociedad progresa económica y socialmente, el debate político deja de girar alrededor de promesas redentoras y se concentra en cómo perfeccionar instituciones que ya funcionan y generan bienestar.
Finalmente, quizás haya llegado la hora de que Colombia abandone definitivamente el paradigma de la lucha de clases como eje central de su debate político. Ese concepto, formulado para explicar las tensiones sociales de los siglos XIX y XX, difícilmente responde a la complejidad de las sociedades contemporáneas, donde los desafíos principales son la generación de riqueza, la innovación, la competitividad, la educación de calidad y la movilidad social.
El verdadero reto de nuestra época no consiste en profundizar las divisiones entre quienes tienen y quienes no tienen, entre empresarios y trabajadores, entre campo y ciudad, o entre regiones y regiones. La tarea consiste en crear las condiciones para que cada colombiano pueda progresar mediante su esfuerzo, dentro de una sociedad que premie el mérito, garantice oportunidades y fortalezca las libertades individuales.
La Colombia del futuro no puede edificarse sobre la confrontación permanente ni sobre la búsqueda incesante de adversarios de clase. Debe construirse sobre la cooperación social, la creación de riqueza, el fortalecimiento institucional y la convicción de que el desarrollo económico y el progreso social no son objetivos incompatibles, sino complementarios. Si somos capaces de comprender esa realidad, tal vez habremos dado el paso más importante para cerrar la brecha entre las dos Colombia y avanzar hacia una sola nación, más próspera, más libre y más integrada.


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