lunes, 9 de febrero de 2026

Columna de Opinión

La revolución del conocimiento: lo que China entendió y Colombia aún no

Por: Carlos Enrique Paternina



Durante décadas, China fue un país mayoritariamente rural y empobrecido, atrapado en una economía agraria y rígidamente planificada. Hoy es una potencia tecnológica que compite por el liderazgo en inteligencia artificial, energías limpias y manufactura avanzada. Ese salto no fue casual ni producto de un dogma ideológico: fue el resultado de una apuesta estratégica por la educación, la ciencia, la apertura ordenada al mundo y la construcción de ecosistemas productivos donde el conocimiento reemplazó al discurso.

Esa es la verdadera revolución china: la que sustituyó la lucha de clases por la lucha por el conocimiento.

A finales de los años setenta, tras el agotamiento del modelo maoísta, Deng Xiaoping comprendió que la pobreza no se derrota con consignas, sino con productividad. Su célebre frase —“no importa si el gato es blanco o negro, mientras cace ratones”— sintetizó el giro histórico hacia el pragmatismo económico.

China comenzó entonces a experimentar, a pequeña escala, con lo que luego se convertiría en la columna vertebral de su desarrollo: las Zonas Económicas Especiales. Shenzhen, la primera de ellas, pasó de ser un pueblo pesquero frente a Hong Kong a convertirse en una ciudad industrial dinámica. Con incentivos fiscales, apertura al capital extranjero y autonomía regulatoria, se transformó en un laboratorio de aprendizaje productivo.

El Estado no se retiró: actuó como facilitador. Construyó infraestructura, garantizó estabilidad y dejó que la competencia local generara innovación. El éxito de Shenzhen no fue un accidente; fue replicado, ajustado y escalado.

La adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001 consolidó su integración al mercado global. En menos de dos décadas, el país pasó de exportar textiles y juguetes a liderar cadenas de valor en electrónica, paneles solares y vehículos eléctricos.

Pero la apertura no fue una rendición al mercado. Fue gradual, experimental y controlada. China atrajo inversión extranjera no solo para producir, sino para aprender. Copió, mejoró y finalmente innovó. Combinó inversión externa con una política industrial activa que priorizó sectores de alto valor agregado y acumulación de capacidades internas.

Ningún país se moderniza sin conocimiento. China lo entendió temprano y actuó con visión de largo plazo.

Ningún país se moderniza sin conocimiento. China lo entendió temprano y actuó con visión de largo plazo. En los años ochenta expandió su sistema educativo; en los noventa fortaleció sus universidades; y en la última década elevó su inversión en investigación y desarrollo hasta superar el 2,5 % del PIB.

Hoy produce más graduados en ingeniería y ciencias que cualquier otro país y ha construido un ecosistema donde universidades, empresas y gobierno interactúan de forma sistemática.

Colombia, en contraste, invierte apenas el 0,3 % del PIB en ciencia y tecnología. La brecha no es solo presupuestal: es mental. Seguimos viendo la educación como gasto y no como infraestructura productiva; seguimos creyendo que la competitividad se logra con subsidios y no con capacidades.

Shenzhen resume el espíritu de la transformación china. En cuatro décadas pasó de ser una periferia agrícola a convertirse en el “Silicon Valley del hardware”. Allí nacieron empresas como Huawei, DJI o BYD.

La fórmula fue simple, pero disciplinada: atraer inversión, formar talento, promover competencia y proteger la experimentación. Las universidades produjeron conocimiento aplicado, las empresas reinvirtieron en I+D y los gobiernos locales compitieron por ofrecer mejores condiciones productivas.

China nunca renunció al control estatal, pero entendió que el Estado debía orientar, no reemplazar, al mercado. Las políticas públicas se concentraron en crear condiciones: infraestructura, estabilidad macroeconómica, educación técnica y reglas claras.

No todo fue perfecto. La actual crisis inmobiliaria y las tensiones comerciales con Occidente muestran los límites de un modelo basado en sobreinversión y control político. Aun así, su trayectoria demuestra que una planificación estratégica, flexible y evaluable puede generar desarrollo sostenido.

Colombia necesita superar el falso dilema entre Estado y mercado, entre izquierda y derecha, y asumir el pragmatismo del desarrollo. No podemos seguir atrapados en discursos que confunden redistribución con crecimiento, ni en políticas que mitigan la pobreza sin transformar la estructura productiva.

La primera lección es invertir decididamente en educación técnica y científica. No basta ampliar cobertura: hay que formar el talento que demandan las nuevas economías. El SENA debe modernizarse y articularse con universidades y empresas para formar técnicos y tecnólogos en manufactura avanzada, robótica, inteligencia artificial, biotecnología y energías limpias.

La segunda es crear verdaderas zonas económicas especiales, no simples enclaves de exenciones tributarias. Se requieren territorios planificados, con conectividad logística, energía confiable, gobernanza local eficiente y reglas claras. Estos espacios deben funcionar como laboratorios productivos, articulando puertos, ciudades intermedias, universidades y empresas.

La tercera es apostar de manera sostenida por la ciencia, la tecnología y la innovación. Triplicar la inversión en I+D no es una opción ideológica, sino una condición para competir. La investigación aplicada debe convertirse en el núcleo de una nueva política industrial.

El ordenamiento territorial también es clave. Sin suelo urbanizado, infraestructura y corredores logísticos, ningún proyecto productivo prospera. Planificar el territorio es tan importante como cualquier incentivo fiscal.

Finalmente, es indispensable despolitizar la economía y descentralizar el desarrollo. La competencia entre regiones, si se basa en transparencia y mérito, puede ser una poderosa fuerza de innovación. La planeación, la educación y la ciencia deben ser políticas de Estado, no de gobierno.

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