lunes, 9 de febrero de 2026

Columna de Opinión

Pasar de la promesa a la acción

Por: Sonia Gómez Taboada



Colombia ha convivido durante décadas con diagnósticos repetidos y promesas aplazadas. Sabemos qué nos falta, conocemos nuestras brechas, identificamos nuestras desigualdades. Pero, como recuerda Gabriel Jaramillo Sanín en su documento y en sus intervenciones recientes, el país aún no ha logrado convertir su enorme potencial en un proyecto nacional coherente, sostenido en disciplina, continuidad y decisiones valientes. Su mirada —crítica, rigurosa y profundamente visionaria— vuelve a poner sobre la mesa una verdad incómoda: Colombia no es un país pobre; es un país que no ha sabido organizarse para crear riqueza. 

Si hay un territorio donde esta reflexión cobra mayor valor, ese es el Caribe colombiano. Una región con condiciones estratégicas extraordinarias —dos mares, grandes ciudades en expansión, recursos naturales abundantes, vocación logística, agroindustrial y turística— que, sin embargo, no despega al ritmo que debería. El Caribe simboliza, quizás mejor que cualquier otra región, esa tensión entre la promesa y la realidad: entre lo que podría ser y lo que aún no es.

La mirada de Jaramillo ofrece una clave para entender por qué: Colombia ha confundido planes con progreso y discursos con ejecución. Hemos diagnosticado sin transformar. Y el Caribe ha sido una víctima constante de esa falta de concreción.

Hoy, tres vectores de desarrollo deberían guiar una estrategia seria para transformar este territorio:

  1. Productividad real y sofisticación económica.
    Jaramillo insiste en que no se puede distribuir riqueza que aún no existe. El Caribe necesita un salto productivo que transforme sus actividades tradicionales en cadenas de valor competitivas: agroindustria moderna, turismo de alto nivel, manufactura especializada y servicios portuarios de clase mundial.
  2. Infraestructura y conectividad como fundamento del desarrollo.
    La región sigue limitada por carreteras inconclusas, movilidad interna deficiente, bajos niveles de conectividad digital y servicios urbanos rezagados. Sin resolver lo básico, el potencial logístico del Caribe seguirá siendo una buena intención sin impacto.
  3. Institucionalidad fuerte y continuidad.
    Jaramillo es enfático en algo que Colombia aún no internaliza: ningún país se desarrolla si reinicia sus proyectos cada cuatro años. El Caribe necesita una agenda suprarregional blindada contra el vaivén político, sostenida en principios de transparencia, meritocracia y decisiones basadas en evidencia. 

A partir de estos vectores, surge una pregunta clave:

¿Por dónde empezar?


La respuesta es tan simple como contundente: Priorizar tres proyectos estratégicos de impacto regional, alinear a los sectores público, privado y académico alrededor de ellos, crear una autoridad regional ejecutiva con capacidad real para coordinar, atraer inversión y asegurar continuidad, medirlo todo, evaluarlo todo, corregirlo todo.

Sin embargo, los proyectos estratégicos del Caribe parecen atrapados en un ciclo interminable de anuncios sin ejecución. Corredores logísticos que avanzan por tramos sueltos, planes de saneamiento que se actualizan, pero no se implementan, parques industriales que no pasan del render, sistemas de transporte que nunca integran realmente el territorio y centros de formación que no dialogan con los sectores productivos. Tenemos la capacidad de diagnosticar, planear y formular… pero no de ejecutar con continuidad. Y ese es el mayor lastre del Caribe: no la falta de potencial, sino la falta de proyectos y estrategias que lleguen a término.

El Caribe no necesita más diagnósticos: necesita liderazgo, disciplina y ejecución. Su potencial está ahí, intacto, esperando a ser convertido en riqueza y bienestar.

El Caribe no necesita más diagnósticos: necesita liderazgo, disciplina y ejecución. Su potencial está ahí, intacto, esperando a ser convertido en riqueza y bienestar. Pero, como señala Jaramillo, “el desarrollo no ocurre por espontaneidad; ocurre cuando se decide tomarse en serio la tarea de hacerlo posible”. Podemos ser uno de los motores reales de Colombia. La región tiene las condiciones. Lo que falta —y lo que debemos construir— es la determinación colectiva de hacer que ocurra.

El desarrollo no es una dádiva institucional: es una obra colectiva. Es la fuerza de una ciudadanía que exige, que participa, que vigila, que propone, que se compromete. Ha llegado el momento de abandonar la comodidad de la crítica pasiva y asumir el liderazgo que esta región merece. Si activamos ese motor —si cada uno asume su parte— entonces sí, por fin, el Caribe colombiano será lo que siempre ha tenido el potencial de ser: un territorio que inspira lidera y marca el rumbo del país.

 


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