Pasar de la promesa a la acción
Por: Sonia Gómez Taboada
Colombia ha convivido durante décadas con diagnósticos repetidos y promesas aplazadas. Sabemos qué nos falta, conocemos nuestras brechas, identificamos nuestras desigualdades. Pero, como recuerda Gabriel Jaramillo Sanín en su documento y en sus intervenciones recientes, el país aún no ha logrado convertir su enorme potencial en un proyecto nacional coherente, sostenido en disciplina, continuidad y decisiones valientes. Su mirada —crítica, rigurosa y profundamente visionaria— vuelve a poner sobre la mesa una verdad incómoda: Colombia no es un país pobre; es un país que no ha sabido organizarse para crear riqueza.
Si
hay un territorio donde esta reflexión cobra mayor valor, ese es el Caribe
colombiano. Una región con condiciones estratégicas extraordinarias —dos mares,
grandes ciudades en expansión, recursos naturales abundantes, vocación
logística, agroindustrial y turística— que, sin embargo, no despega al ritmo
que debería. El Caribe simboliza, quizás mejor que cualquier otra región, esa
tensión entre la promesa y la realidad: entre lo que podría ser y lo que aún no
es.
La mirada de Jaramillo ofrece
una clave para entender por qué: Colombia ha confundido planes con progreso
y discursos con ejecución. Hemos diagnosticado sin transformar. Y el Caribe
ha sido una víctima constante de esa falta de concreción.
Hoy, tres vectores de
desarrollo deberían guiar una estrategia seria para transformar este
territorio:
- Productividad real y sofisticación
económica.
Jaramillo insiste en que no se puede distribuir riqueza que aún no existe. El Caribe necesita un salto productivo que transforme sus actividades tradicionales en cadenas de valor competitivas: agroindustria moderna, turismo de alto nivel, manufactura especializada y servicios portuarios de clase mundial. - Infraestructura y conectividad como
fundamento del desarrollo.
La región sigue limitada por carreteras inconclusas, movilidad interna deficiente, bajos niveles de conectividad digital y servicios urbanos rezagados. Sin resolver lo básico, el potencial logístico del Caribe seguirá siendo una buena intención sin impacto. - Institucionalidad fuerte y continuidad.
Jaramillo es enfático en algo que Colombia aún no internaliza: ningún país se desarrolla si reinicia sus proyectos cada cuatro años. El Caribe necesita una agenda suprarregional blindada contra el vaivén político, sostenida en principios de transparencia, meritocracia y decisiones basadas en evidencia.
A partir de estos vectores, surge una pregunta clave:
¿Por dónde empezar?
La respuesta es tan simple como contundente: Priorizar tres proyectos
estratégicos de impacto regional, alinear a los sectores público, privado y
académico alrededor de ellos, crear una autoridad regional ejecutiva con
capacidad real para coordinar, atraer inversión y asegurar continuidad, medirlo
todo, evaluarlo todo, corregirlo todo.
Sin
embargo, los proyectos estratégicos del Caribe parecen atrapados en un ciclo
interminable de anuncios sin ejecución. Corredores logísticos que avanzan por
tramos sueltos, planes de saneamiento que se actualizan, pero no se
implementan, parques industriales que no pasan del render, sistemas de
transporte que nunca integran realmente el territorio y centros de formación
que no dialogan con los sectores productivos. Tenemos la capacidad de
diagnosticar, planear y formular… pero no de ejecutar con continuidad. Y
ese es el mayor lastre del Caribe: no la falta de potencial, sino la falta de
proyectos y estrategias que lleguen a término.
El Caribe no necesita más diagnósticos: necesita liderazgo, disciplina y ejecución. Su potencial está ahí, intacto, esperando a ser convertido en riqueza y bienestar.
El
Caribe no necesita más diagnósticos: necesita liderazgo, disciplina y
ejecución. Su potencial está ahí, intacto, esperando a ser convertido en
riqueza y bienestar. Pero, como señala Jaramillo, “el desarrollo no ocurre por
espontaneidad; ocurre cuando se decide tomarse en serio la tarea de hacerlo
posible”. Podemos ser uno de los motores reales de Colombia. La región tiene
las condiciones. Lo que falta —y lo que debemos construir— es la determinación
colectiva de hacer que ocurra.
El
desarrollo no es una dádiva institucional: es una obra colectiva. Es la fuerza
de una ciudadanía que exige, que participa, que vigila, que propone, que se
compromete. Ha llegado el momento de abandonar la comodidad de la crítica
pasiva y asumir el liderazgo que esta región merece. Si activamos ese motor —si
cada uno asume su parte— entonces sí, por fin, el Caribe colombiano será lo que
siempre ha tenido el potencial de ser: un territorio que inspira lidera y marca
el rumbo del país.
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