Carlos H. Pareja, entre el verbo bolivariano y la paradoja ideológica del siglo XX
No resultaba paradójico —aunque
hoy lo parezca— que, durante la primera mitad del siglo pasado, la juventud más
inquieta e ilustrada de Colombia se apasionara por la dialéctica
marxista-leninista. En aquel tiempo, leer a Marx, Lenin o Engels no era una
declaración de ideología dogmática, sino una señal de búsqueda intelectual. La
rebeldía se medía por la capacidad de pensar contra las estructuras, y autores
como Proudhon, Sartre, Albert Camus o Regis Debray eran estandartes de una
inteligencia que buscaba cambiar el mundo, no necesariamente someterlo.
Fue así como floreció una
generación de escritores, juristas y poetas que tejieron su pensamiento con el
hilo de las ideas revolucionarias, sin saber aún el desenlace trágico que
muchas de ellas tendrían cuando se tradujeron en regímenes totalitarios. Entre
esa generación, un nombre brilla con especial vigor desde mi tierra: Carlos H.
Pareja, un hijo ilustre de San Luis de Sincé que firmó sus páginas como Simón
Latino.
No me es ajeno que Carlos H. Pareja escribió una obra escalofriante por su tono político visceral: El Monstruo, panfleto feroz contra Laureano Gómez.
No me es ajeno que Carlos H.
Pareja escribió una obra escalofriante por su tono político visceral: El
Monstruo, panfleto feroz contra Laureano Gómez. Pero sería una injusticia
evaluarlo solo por el tono combativo de ese escrito. Pareja fue, sobre todo, un
pensador, un jurista lúcido, un hombre de letras, un tratadista de Derecho
Administrativo, un bolivariano que creyó en la palabra como instrumento de
libertad y no como látigo de sometimiento.
Yo nací en la segunda mitad del
siglo XX. Fui testigo de cómo algunos estelares de la literatura, como Mario
Vargas Llosa, pasaron de admiradores fervorosos de la Revolución Cubana a ser
críticos insobornables de todo sistema que sacrificara la libertad individual
en nombre de una supuesta justicia colectiva.
Vi también a Regis Debray, autor
del libro “La moral marxista” y compañero del Che Guevara en las montañas de
Bolivia, abdicar del dogma revolucionario que terminó convertido en la
antinomia de la democracia moderna. Sobre todo, después de haber presenciado el
colapso del muro de Berlín.
Por eso, y con el debido respeto
a las diferencias de época y contexto, sostengo que si a Carlos H. Pareja le
hubiera tocado vivir —como a mí— la caída de ese muro, el colapso del bloque
soviético, la deriva autoritaria de Cuba, Nicaragua y Venezuela, seguramente
habría sido también un contradictor del mamertismo actual y de ese mal llamado
“progresismo” que desprecia el equilibrio republicano y avanza bajo un ropaje
autoritario.
No debemos leer a nuestros
pensadores con la lupa del presente para condenarlos, sino con el prisma de la
historia para comprenderlos. Carlos H. Pareja fue, para muchos de nosotros, un
intelectual integral, un bolivariano sin cadenas, un símbolo de la inquietud
intelectual sincera. Y eso, incluso con sus contradicciones, lo hace digno de
ser reivindicado.
En tiempos donde se pretende
someter al legislativo, cooptar la justicia y usar el conocimiento como
coartada del poder, recordar a Carlos H. Pareja es también un acto de
resistencia cultural. Porque en su pluma había más libertad que dogma, y más
patria que partido.
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