martes, 10 de febrero de 2026

Columna de Opinión

Carlos H. Pareja, entre el verbo bolivariano y la paradoja ideológica del siglo XX

Por: Héctor T. Merlano Garrido



No resultaba paradójico —aunque hoy lo parezca— que, durante la primera mitad del siglo pasado, la juventud más inquieta e ilustrada de Colombia se apasionara por la dialéctica marxista-leninista. En aquel tiempo, leer a Marx, Lenin o Engels no era una declaración de ideología dogmática, sino una señal de búsqueda intelectual. La rebeldía se medía por la capacidad de pensar contra las estructuras, y autores como Proudhon, Sartre, Albert Camus o Regis Debray eran estandartes de una inteligencia que buscaba cambiar el mundo, no necesariamente someterlo.


Fue así como floreció una generación de escritores, juristas y poetas que tejieron su pensamiento con el hilo de las ideas revolucionarias, sin saber aún el desenlace trágico que muchas de ellas tendrían cuando se tradujeron en regímenes totalitarios. Entre esa generación, un nombre brilla con especial vigor desde mi tierra: Carlos H. Pareja, un hijo ilustre de San Luis de Sincé que firmó sus páginas como Simón Latino.


No me es ajeno que Carlos H. Pareja escribió una obra escalofriante por su tono político visceral: El Monstruo, panfleto feroz contra Laureano Gómez.


No me es ajeno que Carlos H. Pareja escribió una obra escalofriante por su tono político visceral: El Monstruo, panfleto feroz contra Laureano Gómez. Pero sería una injusticia evaluarlo solo por el tono combativo de ese escrito. Pareja fue, sobre todo, un pensador, un jurista lúcido, un hombre de letras, un tratadista de Derecho Administrativo, un bolivariano que creyó en la palabra como instrumento de libertad y no como látigo de sometimiento.


Yo nací en la segunda mitad del siglo XX. Fui testigo de cómo algunos estelares de la literatura, como Mario Vargas Llosa, pasaron de admiradores fervorosos de la Revolución Cubana a ser críticos insobornables de todo sistema que sacrificara la libertad individual en nombre de una supuesta justicia colectiva.


Vi también a Regis Debray, autor del libro “La moral marxista” y compañero del Che Guevara en las montañas de Bolivia, abdicar del dogma revolucionario que terminó convertido en la antinomia de la democracia moderna. Sobre todo, después de haber presenciado el colapso del muro de Berlín.


Por eso, y con el debido respeto a las diferencias de época y contexto, sostengo que si a Carlos H. Pareja le hubiera tocado vivir —como a mí— la caída de ese muro, el colapso del bloque soviético, la deriva autoritaria de Cuba, Nicaragua y Venezuela, seguramente habría sido también un contradictor del mamertismo actual y de ese mal llamado “progresismo” que desprecia el equilibrio republicano y avanza bajo un ropaje autoritario.

 

No debemos leer a nuestros pensadores con la lupa del presente para condenarlos, sino con el prisma de la historia para comprenderlos. Carlos H. Pareja fue, para muchos de nosotros, un intelectual integral, un bolivariano sin cadenas, un símbolo de la inquietud intelectual sincera. Y eso, incluso con sus contradicciones, lo hace digno de ser reivindicado.

En tiempos donde se pretende someter al legislativo, cooptar la justicia y usar el conocimiento como coartada del poder, recordar a Carlos H. Pareja es también un acto de resistencia cultural. Porque en su pluma había más libertad que dogma, y más patria que partido.

 


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