Fiestas patronales: entre la economía del rebusque y la religiosidad
Por: Felipe Carlos Amaya
Cada inicio de año, cuando algunos todavía se están lavando la cara del final de las fiestas decembrinas, se erigen en gran parte del territorio de Córdoba y Sucre las denominadas fiestas patronales que cobijan desde Planeta Rica hasta Los Palmitos pasando por Sampués, Sincelejo, Morroa, Majagual y Guaranda, entre otros. Fiestas patronales que llevan el sello de la evangelización de los tiempos de la colonia, el morbo del dios Baco, amén de la laboriosidad humana reflejada en las actividades económicas como aporte a la obtención de recursos de muchas familias locales y foráneas.
Este marco referencial abre un interrogante para la reflexión sobre el
acontecer y la cotidianidad que envuelven las fiestas patronales en la que se
conjugan experiencias religiosas y la posibilidad de rebuscarse unos pesos en
medio de este acontecimiento. Y es que suele verse en cada celebración de estas
fiestas patronales en los pueblos, cómo en medio de la celebración eucarística,
la procesión, las novenas previas, las alboradas, las misas solemnes, los
bautismos, etc., aparecen también los vendedores de helados, de guarapo, de
bebidas alcohólicas, de escapularios, los juegos de azar, las casetas o
conciertos musicales, creando un ambiente complejo o contradictorio entre la
población, de saber realmente, en qué momento cruza la línea entre una u otra
actividad y si una cosa afecta o favorece a la otra.
Lo cierto es que la devoción religiosa o fervor católico en honor a San
Blas y la virgen de la Candelaria en el municipio de Morroa, considerada una de
las fiestas patronales de inicio de año más concurridas de esta zona de Sucre
por las manifestaciones milagrosas del santo alrededor de muchos males, pero en
especial, de los males de la garganta, fiesta patronal centenaria no es la
excepción frente al escenario de la economía del rebusque y la religiosidad. Desde
el 23 de enero hasta el 4 de febrero se mimetizan por cada rincón del municipio
devotos y comerciantes, ávidos de resolver sus necesidades de fe y de la
economía familiar; necesidades que pueden convertirse en miles de feligreses
propios y extraños y de una bolsa económica que oscila entre unos cientos de
pesos a unos millones.
Al final pudiera arriesgarse a pretender hacer una analogía de la época
griega donde se hizo célebre la frase “pan y circo” para considerar que muy a
pesar del carácter religioso de la época y de la importancia política que
implica el poder de la iglesia, existe una realidad económica del pueblo que no
puede ser superada y que, por el contrario, ha sido una construcción permanente
de un escenario en el que todos terminan siendo beneficiarios de sus intereses
personales, colectivos o societarios.
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