martes, 17 de febrero de 2026

Columna de Opinión

Altar de las Ánimas: de pieza centenaria al rincón del olvido

Por: Felipe Carlos Amaya



En tiempos de la conquista, según narran los cronistas, Morroa estuvo habitado por el conglomerado indígena del cacique Monroy del cual tomó su nombre. Actualmente este pueblo está ubicado a 15 kilómetros de Sincelejo capital del departamento de Sucre, al norte de Colombia.

Los rayos del sol caen de una manera implacable sobre sus calles polvorientas al punto de adormecer a sus habitantes en las horas del mediodía, haciéndolo parecer un lugar desolado donde se sienten golpear sobre los techos de las casas de bahareque los vientos que recorren las sabanas de Bolívar. El calor se apacigua en la tarde y el pueblo recobra vida cuando abren las oficinas gubernamentales y las escasas tiendas que ofrecen productos de primera necesidad. Los campesinos regresan a sus casas al atardecer después de haber labrado la tierra. Las mujeres en sus humildes talleres se dedican a tejer las hamacas de vivos colores, oficio transmitido de madres a hijas, buscando mantener las características tradicionales de su elaboración. Se trata de una lucha contra la comercialización inescrupulosa de la artesanía que intenta transformar los valores artísticos y culturales plasmados por ellas.

Desde el atrio se observa la plaza del pueblo, hoy convertida en parque. El retablo y una imagen de vestir que representa a San Blas son las únicas obras que tiene el templo del pueblo. Otros dos retablos que hacían parte del conjunto fueron quemados por orden de un párroco, al considerar que no tenía sentido conservarlos. Sólo quedó el retablo de Las Animas. El pueblo lo valoró, entre otras razones, porque la fecha que aparece en el cuadro coincide con aquella cuando se erigió Morroa como parroquia (1696).

El retablo está compuesto por un sotabanco, un banco, un cuerpo con una calle central y dos entrecalles. En medio de cada una de ellas hay pilastras estípites; en la parte superior, un entablamento; y sobre éste un frontón. En la parte central del frontal del altar se haya la representación de la muerte, un esqueleto que en su mano derecha porta una guadaña y en su izquierda un reloj de arena. La rodean decoraciones de formas vegetales. En la parte superior se puede apreciar una cartela con la inscripción: "MORTALES, ACORDAOS DE NOSOTRAS. AÑO DE 1790". La imagen central del retablo la conforma un cuadro pintado sobre madera, alusivo al purgatorio. En la parte central del cuadro, la figura de San Miguel Arcángel quien sostiene en su mano izquierda una balanza para pesar las almas. En la zona inferior, a la izquierda. se encuentra la figura de San Nicolás de Tolentino quien se presenta extendiendo su cinturón como instrumento de redención para las ánimas del purgatorio. A la derecha se observa el infierno representado en las fauces de Leviatán quien devora las almas condenadas al Averno. En la parte superior del cuadro está representada la Santísima Trinidad. El frontón del retablo lo conforman volutas y roleos que enmarcan un cuadro circular en donde está representada la Divina Pastora.


Aunque la descripción ofrece una lectura total, como una unidad, el retablo fue elaborado en diferentes épocas. La más antigua de ellas corresponde a la época de ejecución del cuadro mandado a hacer por Fray Juan Gallegos en una de sus misiones doctrinales por la región, en 1684.


Aunque la descripción ofrece una lectura total, como una unidad, el retablo fue elaborado en diferentes épocas. La más antigua de ellas corresponde a la época de ejecución del cuadro mandado a hacer por Fray Juan Gallegos en una de sus misiones doctrinales por la región, en 1684. Un siglo más tarde se construyó el retablo, según la fecha que aparece al lado de la inscripción de la muerte, posiblemente en Cartagena o Mompóx. Fue retocado parcialmente seis años después, hecho que pudo ser corroborado gracias a las ventanas de sondeo que dejaron al descubierto algunas letras de la inscripción original.

Los análisis de la técnica, realizados en el laboratorio a partir de las muestras tomadas, confirman que el retablo fue elaborado en etapas diferentes. Se encontró. por ejemplo, que presenta una capa de preparación blanca, compuesta de yeso aglutinado con una proteína, probablemente cola y sobre ésta un estrato homogéneo de blanco de plomo. Sobre el cual fue aplicada la policromía. Este recubrimiento no aparece en el cuadro. Por otra parte, el análisis de la muestra de los pigmentos utilizados en el retablo dio como resultado la presencia de azul de prusia, pigmento que sólo se comenzó a usar en el siglo XVI, época correspondiente a la fecha de elaboración del repinte.

Es importante anotar que las diferentes épocas también se perciben en la manera como fueron pintadas cada una de las partes que componen el conjunto. En las tallas y aplicaciones se haya presente la influencia del estilo barroco, mientras que la decoración floral y vegetal, derivación propia del grutesco, hace juego con la pintura ingenua y primitiva de las representaciones de La Virgen Pastora, la de La Salvación de Las Almas y la de La muerte.

A partir de la restauración del retablo de Las Animas se creó un ambiente de divulgación oral abierta, no sólo dentro del departamento sino en otros, como Bolívar y Córdoba, convirtiéndose en un hecho tan notable, que meses después empezó a ser frecuentado por visitantes nacionales y extranjeros, aumentando el turismo en la región. Esta divulgación se hizo también a través de composiciones y canciones populares vallenatas que narran el acontecimiento.

Es importante anotar como los morroanos no fueron los únicos que se transformaron durante el proceso de restauración del retablo. Lo mismo ocurrió a quienes trabajaron en su recuperación, a diferentes niveles. En primer lugar, obligó a cambiar la concepción generalizada sobre el ejercicio de la restauración en la que el restaurador interviene los objetos aislados de su contexto cultural y de su gente. En este caso. el bien cultural se vio integrado a su contexto social de manera que los análisis sobre el retablo fueron hechos no en función del objeto mismo sino en función de los valores significativos que la comunidad le otorgaba en este momento histórico específico. De esta manera se logró una amplia labor de conservación, entendida como la búsqueda y valoración del Patrimonio Cultural.

Hoy yace el retablo en un rincón del olvido marcando una historia de desidias y negación al valor inmaterial religioso del municipio de Morroa. Su presencia no destaca la gran representación artística concebida por los artistas creadores y constructores hace más de 300 años sino que se relega a un mueble más dentro de la cotidianidad religiosa de sus habitantes y se diluye en el tiempo a la espera de volver a convertirse en una pieza de innegable historia social, política y humana del pueblo del cacique Morroy, la hamaca y el pito atravesao.

 

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