Altar de las Ánimas: de pieza centenaria al rincón del olvido
Por: Felipe Carlos Amaya
En tiempos de la conquista, según narran los cronistas, Morroa estuvo habitado por el conglomerado indígena del cacique Monroy del cual tomó su nombre. Actualmente este pueblo está ubicado a 15 kilómetros de Sincelejo capital del departamento de Sucre, al norte de Colombia.
Los rayos del sol caen de una
manera implacable sobre sus calles polvorientas al punto de adormecer a sus
habitantes en las horas del mediodía, haciéndolo parecer un lugar desolado
donde se sienten golpear sobre los techos de las casas de bahareque los vientos
que recorren las sabanas de Bolívar. El calor se apacigua en la tarde y el
pueblo recobra vida cuando abren las oficinas gubernamentales y las escasas tiendas
que ofrecen productos de primera necesidad. Los campesinos regresan a sus casas
al atardecer después de haber labrado la tierra. Las mujeres en sus humildes
talleres se dedican a tejer las hamacas de vivos colores, oficio transmitido de
madres a hijas, buscando mantener las características tradicionales de su
elaboración. Se trata de una lucha contra la comercialización inescrupulosa de
la artesanía que intenta transformar los valores artísticos y culturales plasmados
por ellas.
Desde el atrio se observa la
plaza del pueblo, hoy convertida en parque. El retablo y una imagen de vestir
que representa a San Blas son las únicas obras que tiene el templo del pueblo.
Otros dos retablos que hacían parte del conjunto fueron quemados por orden de
un párroco, al considerar que no tenía sentido conservarlos. Sólo quedó el
retablo de Las Animas. El pueblo lo valoró, entre otras razones, porque la
fecha que aparece en el cuadro coincide con aquella cuando se erigió Morroa
como parroquia (1696).
El retablo está compuesto por un
sotabanco, un banco, un cuerpo con una calle central y dos entrecalles. En
medio de cada una de ellas hay pilastras estípites; en la parte superior, un
entablamento; y sobre éste un frontón. En la parte central del frontal del
altar se haya la representación de la muerte, un esqueleto que en su mano
derecha porta una guadaña y en su izquierda un reloj de arena. La rodean
decoraciones de formas vegetales. En la parte superior se puede apreciar una
cartela con la inscripción: "MORTALES, ACORDAOS DE NOSOTRAS. AÑO DE
1790". La imagen central del retablo la conforma un cuadro pintado sobre madera,
alusivo al purgatorio. En la parte central del cuadro, la figura de San Miguel
Arcángel quien sostiene en su mano izquierda una balanza para pesar las almas. En
la zona inferior, a la izquierda. se encuentra la figura de San Nicolás de
Tolentino quien se presenta extendiendo su cinturón como instrumento de
redención para las ánimas del purgatorio. A la derecha se observa el infierno
representado en las fauces de Leviatán quien devora las almas condenadas al
Averno. En la parte superior del cuadro está representada la Santísima
Trinidad. El frontón del retablo lo conforman volutas y roleos que enmarcan un
cuadro circular en donde está representada la Divina Pastora.
Aunque la descripción ofrece una lectura total, como una unidad, el retablo fue elaborado en diferentes épocas. La más antigua de ellas corresponde a la época de ejecución del cuadro mandado a hacer por Fray Juan Gallegos en una de sus misiones doctrinales por la región, en 1684.
Aunque la descripción ofrece una
lectura total, como una unidad, el retablo fue elaborado en diferentes épocas.
La más antigua de ellas corresponde a la época de ejecución del cuadro mandado
a hacer por Fray Juan Gallegos en una de sus misiones doctrinales por la
región, en 1684. Un siglo más tarde se construyó el retablo, según la fecha que
aparece al lado de la inscripción de la muerte, posiblemente en Cartagena o Mompóx.
Fue retocado parcialmente seis años después, hecho que pudo ser corroborado
gracias a las ventanas de sondeo que dejaron al descubierto algunas letras de
la inscripción original.
Los análisis de la técnica,
realizados en el laboratorio a partir de las muestras tomadas, confirman que el
retablo fue elaborado en etapas diferentes. Se encontró. por ejemplo, que
presenta una capa de preparación blanca, compuesta de yeso aglutinado con una
proteína, probablemente cola y sobre ésta un estrato homogéneo de blanco de
plomo. Sobre el cual fue aplicada la policromía. Este recubrimiento no aparece
en el cuadro. Por otra parte, el análisis de la muestra de los pigmentos
utilizados en el retablo dio como resultado la presencia de azul de prusia, pigmento
que sólo se comenzó a usar en el siglo XVI, época correspondiente a la fecha de
elaboración del repinte.
Es importante anotar que las
diferentes épocas también se perciben en la manera como fueron pintadas cada
una de las partes que componen el conjunto. En las tallas y aplicaciones se
haya presente la influencia del estilo barroco, mientras que la decoración
floral y vegetal, derivación propia del grutesco, hace juego con la pintura
ingenua y primitiva de las representaciones de La Virgen Pastora, la de La Salvación
de Las Almas y la de La muerte.
A partir de la restauración del
retablo de Las Animas se creó un ambiente de divulgación oral abierta, no sólo
dentro del departamento sino en otros, como Bolívar y Córdoba, convirtiéndose
en un hecho tan notable, que meses después empezó a ser frecuentado por
visitantes nacionales y extranjeros, aumentando el turismo en la región. Esta
divulgación se hizo también a través de composiciones y canciones populares
vallenatas que narran el acontecimiento.
Es importante anotar como los
morroanos no fueron los únicos que se transformaron durante el proceso de
restauración del retablo. Lo mismo ocurrió a quienes trabajaron en su
recuperación, a diferentes niveles. En primer lugar, obligó a cambiar la
concepción generalizada sobre el ejercicio de la restauración en la que el
restaurador interviene los objetos aislados de su contexto cultural y de su
gente. En este caso. el bien cultural se vio integrado a su contexto social de
manera que los análisis sobre el retablo fueron hechos no en función del objeto
mismo sino en función de los valores significativos que la comunidad le
otorgaba en este momento histórico específico. De esta manera se logró una
amplia labor de conservación, entendida como la búsqueda y valoración del
Patrimonio Cultural.
Hoy yace el retablo en un rincón del olvido marcando una historia de desidias y negación al valor inmaterial religioso del municipio de Morroa. Su presencia no destaca la gran representación artística concebida por los artistas creadores y constructores hace más de 300 años sino que se relega a un mueble más dentro de la cotidianidad religiosa de sus habitantes y se diluye en el tiempo a la espera de volver a convertirse en una pieza de innegable historia social, política y humana del pueblo del cacique Morroy, la hamaca y el pito atravesao.
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