La Educación Emocional como Imperativo Humanista en Colombia
Por:
Hermes José Benavides Romero
La
educación, en su acepción más noble y trascendental, ha transitado
históricamente por la cornisa del intelecto, relegando a menudo la vastedad del
universo sensible al ámbito de lo privado o lo accesorio. No obstante, con la
entrada en vigencia de la Ley 2503 de 2025, Colombia inaugura una era de
humanización profunda en sus aulas. La implementación obligatoria de la Cátedra
de Educación Emocional en cada rincón del territorio desde la escuela rural que
abraza la montaña y sus ríos hasta el colegio privado de la urbe no es una
simple adición programática; es una revelación pedagógica.
No se trata solo de identificar una emoción, sino de habitarla con inteligencia, permitiendo que el desarrollo psicoafectivo sea la base sobre el cual se construya su identidad.
La Triada de la Humanización:
Estudiantes, Familias y Maestros.
La
esencia de esta ley se enmarca en la capacidad del poder combinar la técnica
con el sentimiento. Para el estudiante, la cátedra se constituye como un faro
de autoconocimiento. No se trata solo de identificar una emoción, sino de
habitarla con inteligencia, permitiendo que el desarrollo psicoafectivo sea la
base sobre el cual se construya su identidad. Es el tránsito del homo sapiens
al homo sentiens, dotando al menor de una armadura de resiliencia frente a las
vicisitudes de la sociedad de la información.
Para
las familias, la ley restaura un derecho universal y una responsabilidad
compartida. Al involucrar a los padres y cuidadores como actores principales, permitiendo
tejer un ecosistema de cuidado donde el hogar y la escuela se fusionan para
consolidar un mismo lenguaje que permita edificar el del bienestar educativo,
permitiendo la participación activa del núcleo familiar para estructurar la
arquitectura socioemocional de los hijos del hogar y educandos de la sociedad.
Por
otro lado, es un reto que se recibe en el alma de los maestros y los
orientadores del país, quienes en la finalidad son los responsables de brindar
una forma real al espíritu cognitivo y emocional de cada ciudadano en el
proceso de formación. Permitiendo entender que las directrices del Ministerio
de Educación Nacional, se encuentran enfocadas desde esta nueva vertiente de
formación a poder permitir la consolidación de un acto de cuidado hacia quienes
cuidan desde el compartir un conocimiento humanizado en la escuela del hoy,
permitiendo comprender que un maestro emocionalmente competente es un agente de
paz capaz de transformar el aula en un espacio de convivencia, respeto por la
diferencia y empatía por la diversidad del pensamiento.
Cabe
resaltar, que uno de los aspectos más relevantes de esta normativa es su visión
de largo plazo e impacto en el tránsito efectivo de la educación media a la
superior, la cual ha sido, por décadas, un abismo donde muchos sueños terminan
desertando por falta de herramientas de autorregulación, orientación
vocacional, proyecto de vida y autonomía.
La
Ley 2503 aporta un valor agregado inestimable en esta transición:
La Resiliencia Académica:
El joven universitario ya no solo portará competencias cognitivas, sino la
capacidad de gestionar el estrés y la frustración ante la exigencia académica.
La Toma de Decisiones Asertivas:
Un estudiante con conciencia emocional posee una brújula interna más precisa
para definir su proyecto de vida y su vocación profesional.
La Reducción de la Deserción:
Al fortalecer la identidad y la salud mental desde el preescolar, entregamos a
las instituciones de educación superior ciudadanos íntegros, capaces de
establecer relaciones empáticas y de persistir en sus metas con equilibrio
emocional.
Para
lo cual, resulta trascendental el abordaje real de un enfoque territorial y
diferencial de esta ley, tratando desde su marco legal y normativo, una
orientación que logre permitir el reconocimiento de las heridas del conflicto,
las necesidades básicas insatisfechas, la vulnerabilidad social y las riquezas
étnicas que habitan en nuestros territorios, por estas razones, la cátedra busca
una adaptación a la realidad sentida de cada comunidad y su contexto próximo.
Permitiendo concluir que la Ley 2503 de 2025, es el testimonio de un país que
ha decidido dejar de educar solo para el robustecimiento de los aspectos
cognitivos, para empezar a educar para la vida, el ser, el convivir, la
plenitud y la paz.
Por ello, frente a este nuevo
amanecer pedagógico, planteo el siguiente interrogante a cada docente, padre de
familia, directivo y estudiante de nuestra nación:
¿Seremos capaces, como sociedad educativa, de trascender la histórica obsesión por la cifra y el dato para priorizar, finalmente, la ornamentación del ser y su alma para abordar el bienestar humano que se fija en el corazón de nuestras escuelas, o permitiremos que esta oportunidad de renacer se diluya en la inercia de la burocracia académica?
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