Crónica de unos libros perdidos
Por: Julián Beltrán
Me senté frente a mi escritorio a beber un poco de café con sabor
amargo, sin azúcar, ácido que pela la lengua, y tragué en seco al ver la
respuesta que nos dieron a los ganadores de la Beca de Autores Sucreños:
nuestros libros aún no están impresos por parte de la entidad que nos debe dar
dicho estímulo y se me vino a la mente que aquello no era la primera vez y
tratando de recordar me levanté de la silla y caminé hacia el parque de mi
pueblo, Ovejas, viendo el volar de un mochuelo desde la distancia, que no se
dejaba siquiera atrapar por mis pensamientos porque no lo recuerdo
completamente. Llegado al parque, me encontré frente a una hoja en blanco,
pensando en escribir un texto nuevo, pero es que la historia de la crónica de
unos libros perdidos no hacía más que calar dentro de mí la idea de que los
ganadores de dicha beca éramos una especie de coroneles esperando, en vez de
una carta para pensionarse, unos libros que, al parecer, nunca llegarían.
Recuerdo que el día que ganamos la beca el cielo lloraba y el sol
dormía. Frente a mí, un número que me identificaba, brindado por el Gobierno
del amarillo, azul y rojo. ¿Recuerdan los colores de la bandera y su
significado? ¿Cómo era? Amarillo es riqueza, azul es mar y rojo la sangre de
los próceres. Rojo, color interesante, porque uno de los coroneles perdón,
escritores ganadores puso su piel de dicho color la primera vez que nos
reunimos todos para hablar de que ya había pasado un año sin la llegada de nuestra
carta, perdón, pensión, perdón, libros perdidos. Enfadado y cansado, miraba de
una manera perdida a la distancia, evocando quizás el mar que pudiera apagar el
fuego de aquel malestar.
Madre mía pensé mientras redactábamos juntos un artilugio legal que de
vez en cuando funciona. Pregunté por nuestros oficios y me hallé frente a sus
gentes, mis gentes de esta tierra, embriagados por almas distintas: un poeta,
un maestro, un cuentero, un cantante, un filósofo y un abogado. Tragué saliva y
pensé: ¿qué mala combinación podría haber aquí? Mientras, recatadamente,
observaba cómo las letras cogían forma y se expresaban en oraciones que citaban
a aquella Constitución escrita por poetas, imaginando a Horacio Serpa, Antonio
Navarro Wolff y Álvaro Gómez Hurtado, y demás constituyentes que quizás se
imaginaron que un día en Sucre sucedería el caso de unos libros perdidos y un
grupo de ladrones de esencias y cosas, llamados escritores, utilizarían dicho
mecanismo jurídico para recibir respuesta de los libros prometidos por una
entidad que llevaba más de un año y nada que llegaban. ¿Qué podría salir mal?
Mientras conversábamos, una mujer mayor que cargaba con un profundo
pesar nos miró, interrumpió y dijo:
—Perdón, es que no pude no escuchar la conversación. ¿Ustedes fueron
los ganadores de la Beca de Autores Sucreños?
Respondimos al unísono que sí.
Ella respondió:
—¡Ay, hombre! Si supieran, cuando concursaron, que eso era crónica de
unos libros perdidos. Allí siempre pasa lo mismo. O les pregunto: ¿qué creen
que pasó con los ganadores de la vez pasada? Hasta hubo uno que se encadenó,
mientras otro le tiraba pintura roja y decía: “Mataron la cultura”.
Sentí un frío en mi cerviz, dura cerviz, mientras los ojos del cuentero
se abrían, pero no salía cuento que adornara su garganta. El filósofo reñía con
el documento que estábamos haciendo, preguntando el sentido de todo eso; el
poeta meditaba y citaba normas legales; el maestro añoraba no tener que enseñar
dicha problemática; el cantante solo hablaba, pero no lograba cantar melodía
que nos calmara; y yo solo pensaba que la norma, en este caso, quizás no nos
serviría tanto.
La mujer se fue sin aviso, como un espectro dentro de nuestra cultura
llena de olvidos, carente quizás de compromiso. Antes de meditar aún más, pasó
un tiempo y se nos dio una respuesta: los libros aún no tendrían fecha de
entrega. Volviendo a reunirnos, nos dimos cuenta de que, mientras el azul del
cielo era nuestro mar y la oficina de aquella entidad era nuestro muelle,
sentíamos el hondo puñal de un arte lapidado, que esta era, en efecto, la
crónica de unos libros perdidos.
Y, sin embargo, creo, porque guardo la esperanza mientras los rayos del
sol se pierden y el manto celeste se acuesta sobre nosotros, que valdrá la pena
la lucha para que no se repita la crónica de unos libros perdidos.
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