¿Niégate a ti mismo?
Por: Julián Beltrán
Dentro de los distintos círculos y contextos en los que he estado,
siempre me encuentro con una compleja realidad: hombres que se encuentran con
sus cuerpos a la deriva en un desierto, mientras en sus manos cargan una
botella de agua dulce que no beben, a la par de unos labios secos y una mirada
perdida en el deseo de algo que no existe. ¿Qué es aquello, acaso?
¿Baja autoestima? pero ¿Cómo es posible dicha baja autoestima en una
persona que, ante el resto de la gente mis gentes, es considerada exitosa? Lo
he visto en políticos, gobernantes, empresarios y artistas. Yo mismo lo he
vivido en mi juventud. Y es que, en ocasiones, nos enfrentamos a esa pequeña
vocecilla externa que superpone el “yo” frente al otro, y en nosotros está la
decisión de hacerle caso, mientras la arena nos entierra, o levantarnos de
allí.
La necesidad, nacida de la falta de oportunidades en un determinado
círculo, se convierte en una competencia por reconocimiento que, al alcanzarse,
se vuelve vacía. Atrás quedó la emoción y el amor de aquel primer momento donde
hubo vocación, y termina convirtiéndose en la sed que agobia al hombre en
cualquier ámbito de su vida. Esto se refleja en esa baja autoestima disfrazada
con la máscara del ego. Pero, si reparamos bien, todo ello refleja un dolor más
profundo y hondo que una garganta seca: pudo empezar con un mal comentario de
alguien a quien se estimaba, un “no”, un corazón roto… y seco nos convertimos,
al final de cuentas.
¿Cuántos no hemos sido ese hombre en el desierto que, por más éxito y
reconocimientos que tengamos, no los disfrutamos? Vivimos con la necesidad de
mostrar más, de que el otro no nos opaque, y nos volvemos esclavos de las
opiniones. Se supedita esa necesidad de beber, y es entonces cuando nos ofrecen
vino fino que, por más que se beba en aquel desierto, bajo el sol que nos
agobia, no nos sacia. Porque, ciertamente, “no solo de pan vivirá el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4).
Pero existe un hombre que dijo: “Mas el que bebiere del agua que yo le
daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una
fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14).
¿Quién es aquel hombre? les diré que es el mismo que, poniéndose frente
al sol, nos da sombra y ofrece su mano para levantarnos. De él brotan ríos de
agua viva, y si creemos en él, nos dice que de nosotros también saldrán ríos
(Juan 7:38), pudiendo soltar la botella ese deseo constante de control sobre
todas las circunstancias y aprender a depender de él.
Si decidimos levantarnos de aquel desierto, limpiarnos la arena de
nuestras ropas, alzar el rostro y sacudir el polvo de nuestro cabello, y al
levantar la mirada lo vemos a él, por su infinito amor y gracia nos ofrecerá
sus brazos para recostarnos y abrazarnos. Y si hace falta descansar, podemos
hacerlo en él. No importa el antes, sino el después con él. Porque, por más
duras que hayan sido nuestras experiencias como aquel hombre en el desierto, él
nos perdonará y guiará, diciéndonos: “Si alguno quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mateo 16:24).
Y ahí podemos pensar que aquel gentil hombre puede no gustarnos, porque
negarse a sí mismo puede convertirse en un tabú dentro de ese círculo social
del que brotan arenas. Allí no parece tan seco ni tan agobiante el lugar;
pensamos que quizás el sol no nos quema tanto y que, antes de conocerlo,
pudimos haber estado mejor y vienen los comentarios de conocidos o extraños y
vemos la historia de pastores, sacerdotes e iglesias llenas de corrupción y
ambición, personas que utilizan y proclaman el nombre de nuestro padre para
enviar al infierno a sus prójimos y resulta que todo es pecado y quizás vienen
las dudas ¿Qué nos acerca o aleja de él? pero hay una realidad que he
comprobado por mí mismo: todo lo que nos aleje de él no es de él; y todo lo que
nos acerque a él, sí es de él y, por lo tanto, es bueno.
¿Qué es entonces lo bueno? ¿No es bueno acaso que un hombre sediento y
agobiado en un desierto salga de él?
Y es ahí cuando escuchamos comentarios y comienzan a surgir propuestas
para mantenernos allí: vino fino servido en copas de cristal, o quizá de oro.
Y, al ser tentados, podemos terminar regresando, revolcándonos en la arena y
encontrándonos allí otra vez, una vez, incluso hasta siete veces más. Entonces,
¿Qué hace aquel hombre? ¿Se va? ¿Se molesta con nosotros? ¿Nos dice que no
somos dignos de su ayuda y nos da la espalda? no. Nos espera, como el padre que
es a nosotros sus hijos, con emoción, sonriendo, aguardando a que vayamos a él
para abrazarnos, cuidarnos “pechicharnos”, como decimos en la costa y
permitirnos beber de él. Porque no hay poder en este mundo que nos aparte de su
amor y gracia “ ni lo alto, no lo profundo, ni ninguna cosa creada nos podrá
separar del amor del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos
8:38-39). Él cura nuestros corazones y cambia nuestras ropas por lino fino,
limpio y resplandeciente ( Apocalipsis 19:8).
¿Quién es, entonces, este hombre? ¿Quién sostiene los cielos y la
tierra? ¿Quién da vida al hombre para que le sirva? Dentro del infinito cosmos,
¿Quién es el principio y el fin? ¿Quién estuvo en el origen del universo y obró
en él? ¿Quién es el único que puede sacarnos de ese desierto en el que, por
distintas circunstancias, vivimos?
He de responder que su nombre es Jesucristo, el Verbo hecho carne: “En
el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este
era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él
nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la
luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no
prevalecieron contra ella” (Juan 1:1-5).
Cabe preguntarse en este punto: ¿niégate a ti mismo? Sí, debemos
negarnos, y no es una lucha fácil, porque significa anteponer nuestros deseos,
apagar esa vocecilla del “yo” y escucharle a él. Y hay una verdad que quiero
compartir: en medio de ese trasegar diario, gracias a su gracia y sacrificio,
puedo dar fe de aquel que me sacó del desierto. No le interesó cuánto dinero,
poder, estatus o logros tenía. He pecado, como todo hombre, pero me arrepiento
y vuelvo hacia él.
No sé a quién me lee qué pueda pedir Dios de ti o qué desea que hagas, pero lo único que puedo decirte es que él está ahí, esperando. Si aún no lo has conocido, permite que sea parte de tu vida. Él te guiará y mostrará el camino, que es él mismo porque como él ha dicho “yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al padre si no por mi. Si me conocéis, también a mí Padre conoceréis ; y desde ahora le conocéis y le habéis visto” ( Juan 14: 6) . Pídele a él que sea tu vida y te mostrará en qué lugar has de adorarlo o escucharlo o incluso si aún no lo conoces poder conocerlo, porque él ha dicho: “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces” (Jeremías 33:3).
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