jueves, 30 de abril de 2026

Columna de Opinión

Mi candidato a la Presidencia

 Por: Julián Beltrán



Se ha comprendido que la política en Colombia se fundamenta en un modelo de movilización de masas frente a una emoción. Es propio del romanticismo elevar los anhelos y deseos en las letras; es así que, recordando aquel romanticismo, en esta ocasión, con un toque trágico, me atrevo a creer que los engranajes que mueven el acontecer nacional ya están dados y prestos para un debate que se quede en prometer a nosotros, los ciudadanos, una nación armónica donde el interés general del pueblo prime en las decisiones del Ejecutivo, donde el Congreso tenga mayorías alternativas y legisle entendiendo las realidades que viven las regiones por las que están representando tal honor, el cual ha caído en desgracia por los múltiples escándalos que ya insensibilizaron a la población.

Me he permitido ver a nuestros actuales candidatos a la presidencia y cuestionarme qué emociones pueden generar en el ciudadano, entendiendo que seguramente ellos ven con satisfacción encontrar una figura que represente los miedos de lo que es el establecimiento.

El establecimiento es un status donde la verdad, como sistema de creencias de la ciudadanía, es controlada dentro de esta colectividad.

Antes de escoger a un candidato a la presidencia, por afán de generar una discusión, es necesario lograr una introspección profunda en un país que no entiende si volcar todo el sistema, una transición pacífica a un modelo menos explícito en sus intenciones o algo totalmente distinto, una especie de mezcla de ambas ideas anteriormente tratadas.

Creo que aquella ciudadanía interesada en la política debería no ver al hombre, sino a las ideas que este representa y su verdad, aquella como mayor muestra de aspiración de un país con más de medio siglo de conflicto.

Aquella verdad tiene de privado su trascendencia en lo público; el primer paso es la educación, la cual conlleva a una parte de esa verdad. La verdad absoluta es la suma del todo; la verdad en los colegios de nuestra tierra, de colores esparcidos en casas agrietadas en medio de las verdes montañas, son la realidad de cada hogar y de cada persona. Estamos bien, como lo plantea Rigoberto Pupo Pupo, en la necesidad de encontrar un modelo educativo menos prohibitivo; somos una sociedad sentida en posiciones que se objetan, donde la verdad está en compra y venta.

La idea de la verdad es necesaria porque en la Colombia actual esta se construye por creencias personales que terminan siendo determinantes a la hora de elegir a los candidatos presidenciales, donde la educación, como modelo de la sociedad a la que aspiramos, está, junto a la idea de la verdad, juegan un papel necesario.

Per se, necesitamos cuestionar si la verdad en la que creemos es movida por las lógicas que se nos presentan cada día o por otras con sentidos más profundos, ideadas en instituciones sociales donde la moral aún toca una gran parte de las decisiones importantes de este país.

Sí. Aquella moral que toca fondo con apoyos en los pueblos de Colombia a candidatos presidenciales por parte de una clase política tradicional que entendió que también podía subirse a la idea del apoyo popular a la figura del líder aclamado, que terminaría obedeciendo en la contradicción de aquellos tradicionales que ahora visten los colores de su campaña, aprovechando como bastión la construcción de comités locales, regionales y nacionales, estableciendo el precio a pagar, siendo este el aceptar que estos aprovechen y unjan a una figura como alternativa, generando la expectativa del falso cambio subido a un cargo de elección popular con el mismo modelo que siempre ha estado: la captación ética de la conciencia de la cultura política del pueblo, “la compra y venta del voto”.

En este punto le pregunto a aquellas figuras presidenciales si todo vale por establecer su verdad, aquella que tal vez no es la misma que su elector defiende.

Me permito dejar de lado el romanticismo trágico y atreverme a pensar en las figuras actuales, creyendo que no son ni lo mejor ni lo peor, sino eso, “figuras” que corresponden a una lógica de país que decidirá a cuál ha de aceptar. Espero que la verdad, en este caso, no se fragmente y genere en mí, un ciudadano del común, la necesidad, después de una introspección profunda, a mi romanticismo trágico, el decir, a razón de mi verdad, cuál es mi candidato a la presidencia.

 

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