Dulces de Semana Santa
Por: Rita Mendoza Simahan
Desde mi rincón en el Caribe colombiano, mi sabana, mi "Tierra Colorá", vivo la Semana Santa, no solo como un
tiempo de reflexión espiritual, sino también como una vibrante celebración de
la vida, la fe y la herencia cultural.
Cuando pienso en la torta de
pascua, esa representación universal de renacimiento y festividad, la imagino
como ese hilo dorado que une a los creyentes alrededor del mundo. Es un
recordatorio de que, tras periodos de ayuno y penitencia, llega el tiempo de la
celebración.
Pero aquí, en el Caribe, esa
misma esencia de renacimiento y festividad, se manifiesta de manera muy
singularmente nuestra, a través de LOS DULCES TIPICOS DE SEMANA SANTA. No es
una torta única, sino un universo de sabores que las matronas han sabido
custodiar con un amor que trasciende en el tiempo. Ellas son las verdaderas
guardianas de este legado.
Y hoy a través de este escrito,
honro a esas mujeres que, con sus manos curtidas por los años de trabajo en el
fogón de leña, cada dulce que sale de su cocina es una lección de historia
viva. Ellas no solo cocinan, sino que tejen historias familiares, conectando el
presente con la ancestralidad. Sus dulces son un pacto con la tierra, un
homenaje a los frutos que nos da, y a las generaciones que antes de ellas
también transformaron el coco, la papaya, el guandul, el ñame, la yuca, el
mango, el palmito, orejero y muchos, pero muchos frutos más en pura dulzura.
Con su energía contagiosa, toman
las recetas de sus abuelas y les dan un giro, reinventándose, adaptándose a los
nuevos tiempos sin perder el alma. Ellas son prueba de que la sabiduría
ancestral puede convivir con la modernidad, creando puentes entre el pasado y
el futuro.
Y no podemos olvidar la anciana
sabia del pueblo, sentarse a su lado mientras prepara los ingredientes es un
ritual mismo. Ella no solo los mezcla, imparte lecciones de vida, de fe, de
esperanza. Sus palabras tan dulces como sus preparaciones, nos recuerda el
verdadero significado de la Semana Santa. La humildad, el servicio y sobre todo
el amor. Ella encarna la conexión espiritual profunda que nuestros dulces
tienen en esta época. Son más que un alimento, son ofrendas, son amor que
nutren tanto el cuerpo como el alma.
El valor de estas mujeres es incalculable. Ellas son pilares fundamentales. Han sacado adelante a sus familias a través de este arte, han preservado el patrimonio gastronómico que es el alma de nuestra identidad caribeña. Sus dulces son la manifestación tangible de la alegría, celebran la abundancia, la generosidad y la esperanza. Son la dulzura que endulza el alma tras un periodo de introspección, un recordatorio de que la vida, como la fe, siempre encuentra la manera de renacer, de florecer, de vibrar. En cada bocado de dulce de conserva, mongo mongo, ñame, de leche, de coco, de guandul y de muchos más, sentimos la conexión con nuestras raíces más profundas, con la ancestralidad que nos nutre y nos da fuerza .Es el sabor de nuestra historia, de nuestra fe y de nuestra inquebrantable alegría caribeña.
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