El centro que Sincelejo se niega a recuperar
Más allá del patrimonio, el centro histórico de Sincelejo necesita una decisión que nunca se ha tomado: convertirlo en ciudad real, con vida urbana, peatonalización estratégica, un equipamiento ancla y los enlaces territoriales que hagan posible el turismo.
Hay una esquina en el centro de Sincelejo que lo dice todo. Carrera 20 con Calle 18: un edificio de diez pisos en obra negra desde 1984, cuarenta años mirando a una ciudad que creció a su alrededor sin saber qué hacer con él. El Takasaluma no es una anomalía urbana: es el síntoma más visible de un problema más profundo. El centro histórico de Sincelejo tiene todo lo que una ciudad necesita para ser memorable: arquitectura, historia, tradición, ubicación, y lleva décadas sin que sean capaces de ponerlo en valor.
La discusión habitual sobre el centro de Sincelejo tiende a girar alrededor del patrimonio: qué edificaciones merecen protección, qué declaratorias son necesarias, qué normas aplican a las fachadas del área histórica. Esa discusión es importante, pero insuficiente. Confundir conservación con recuperación urbana ha sido uno de los errores más costosos de la planificación de ciudades intermedias en Colombia. El patrimonio no se salva museificándolo: se salva habitándolo, activándolo, convirtiéndolo en razón de visita y de permanencia.
El área patrimonial de Sincelejo no tiene el peso histórico consolidado de Mompox ni la masa crítica turística de Cartagena. Lo que tiene es algo distinto y, en muchos sentidos, más difícil de gestionar: un centro en disputa, entre el abandono institucional, el comercio informal que tomó el espacio que la planificación dejó vacío, y una nostalgia colectiva que recuerda el centro que fue sin saber cómo volver a él. En ese escenario, las declaratorias patrimoniales sin instrumentos de gestión activa no son una solución: son, en el mejor de los casos, una condena lenta al deterioro con protección legal.
La pregunta que habría que hacerse no es cuántos metros cuadrados del área patrimonial están protegidos normativamente, sino cuántos de esos metros están hoy en uso activo, productivo y digno.
El vaciamiento del centro de la capital sucreña no fue un accidente: fue el resultado acumulado de decisiones de planificación, y de no decisiones, que durante treinta años empujaron la vida urbana hacia nuevas áreas. La expansión sin límites hacia las periféricas y nuevas centralidades trasladó vivienda, comercio y servicios fuera del centro. La movilidad que siguió los antiguos patrones urbanos termino convertida en un embudo vehicular que expulsa en lugar de atraer. El comercio informal llenó el vacío que dejó la planificación: la calle como bodega, como parqueadero improvisado, como vitrina sin regla ni criterio.
El resultado es un centro que se usa de paso pero no se habita, que se visita por trámites pero no por placer, que concentra actividad en el día y muere completamente a las seis de la tarde. Una ciudad viva tiene centro activo por lo menos hasta las diez de la noche. Sincelejo no tiene eso. Y no lo tendrá mientras las intervenciones sobre su centro sigan siendo cosméticas, puntuales y desconectadas de una visión integral del territorio.
Uno de los instrumentos más potentes para recuperar la vida urbana en un centro histórico es la peatonalización. Pero no cualquier peatonalización: no la de los fines de semana, no la táctica y temporal que cierra calles durante algunas horas y las devuelve al vehículo el lunes en la mañana. La peatonalización que transforma ciudades es la estructural: la que redefine permanentemente el espacio público, asigna el territorio al peatón como regla y al vehículo como excepción, y cambia las condiciones básicas en las que funciona el comercio, el espacio público y la movilidad.
Una peatonalización estratégica no significa cerrar el centro al tráfico indiscriminadamente. Significa identificar el eje estructurante, el tramo o circuito que concentra el mayor flujo peatonal y comercial, y diseñar su transformación con criterio técnico y voluntad política. Implica articularlo con el Sistema Estratégico de Transporte Público (SETP), que puede y debe ser el aliado, no el obstáculo, de esa transformación. La peatonalización bien ejecutada tiene además un efecto económico documentado: sube el valor del suelo en el entorno, activa el comercio de proximidad y genera las condiciones para capturar plusvalía que financie más intervención. No es un gasto: es una inversión con retorno territorial verificable.
El comercio del centro de Sincelejo es caótico. Pero es vivo. Y esa distinción importa enormemente a la hora de pensar en cómo intervenirlo. El error más común en procesos de recuperación de centros históricos en Colombia ha sido confundir ordenamiento con expulsión: regularizar el espacio público barriendo con el comercio informal que, con toda su informalidad, sostenía la vitalidad del lugar. Formalizar sin expulsar es posible, pero requiere diseño fino y acompañamiento real, no solo normativa y supuesta mano dura.
Hay una tipología de comercio que mata la vida urbana, esos locales con fachadas ciegas, almacenes sin relación con el espacio público, depósitos que convierten la calle en zona de cargue y descargue, y otra que la anima: cafeterías de cara a la calle, galerías, restaurantes de cocina local, talleres artesanales con vitrina abierta. La economía naranja de las Sabanas, caña flecha, tejidos Zenú, gastronomía del porro y el fandango, deberían tener su lugar natural en el centro histórico de la capital del departamento. Lo que falta es la política que lo haga posible.
Todo centro urbano que se recupera necesita un equipamiento ancla: un lugar que genere flujo constante de personas, que sea razón de visita y de permanencia, que opere como imán territorial. Sincelejo tiene ese equipamiento esperándolo desde hace cuarenta años. El edificio Takasaluma, diez pisos en obra negra, estructura certificada estable, esquina estratégica del centro histórico, es el activo urbano más subutilizado de la ciudad. Y también el más potente, si se decide hacer algo con él.
Desde OCUC propusimos en 2025 el proyecto Sabana Viva: la rehabilitación del Takasaluma como Centro de Innovación, Cultura y Memoria de las Sabanas. No como un proyecto especulativo ni como una operación inmobiliaria convencional: como un equipamiento colectivo con financiación pública-privada y propósito claro. Un museo de la memoria del desplazamiento en Sucre. Un conservatorio de porro y fandango que convierta la tradición en economía viva. Un HUB de innovación y co-working para el emprendimiento regional. Y una planta baja completamente permeable, abierta al espacio público del centro histórico.
Un equipamiento de esa naturaleza en esa esquina cambia las reglas del juego del centro. No porque sea una obra más, sino porque genera el flujo permanente de personas que necesita el comercio para activarse, el espacio público para tener razón de ser y la peatonalización para tener destino. La pregunta que debería incomodar a quienes toman decisiones en la ciudad es directa: ¿cuántas administraciones más necesita Sincelejo para resolver una ecuación que está completamente planteada?
Recuperar el centro de Sincelejo sin conectarlo con su territorio es construir un escenario sin actores. Sincelejo es la capital de Sucre, y Sucre tiene uno de los patrimonios culturales e inmateriales más ricos del Caribe colombiano, pero la ciudad no funciona todavía como nodo de un sistema turístico regional. El turismo no llega a Sincelejo porque Sincelejo no ha construido los enlaces que conviertan su visita en puerta de entrada a las Sabanas.
El déficit es doble: infraestructural y narrativo. Las vías en mal estado, la ausencia de transporte intermunicipal organizado y la conectividad aérea limitada hacen que llegar a Sincelejo, y desde allí moverse por el departamento sea más difícil de lo necesario. Y no existe todavía un relato turístico articulado de la región: cada municipio opera su oferta de forma aislada, sin itinerario compartido, sin marca territorial, sin un hilo conductor que invite al visitante a quedarse más.
Los activos están ahí: el Festival del Porro en San Pelayo, el tejido de caña flecha en Sampués, los cuadros vivos en Galeras, el Golfo de Morrosquillo y la Isla de Múcura, la ciénaga La Caimanera, la magnificencia de la mojana, la ruta garciamarquiana, las rutas del conflicto y la memoria. Lo que falta es la estructura que los articule y la ciudad que funcione como HUB de entrada. Sincelejo puede ser eso, el punto donde se organiza el viaje, donde se pernocta, donde se consume cultura regional antes de salir al territorio, pero para serlo necesita, primero, un centro que valga la pena visitar.
La recuperación del centro de Sincelejo no es un problema técnico ni presupuestal. Es un problema de decisión. Los instrumentos existen. Los recursos son movilizables. Los proyectos están planteados. Lo que falta es decidir que el corazón de la ciudad vale la pena recuperarlo.
Una ciudad que no cuida su centro no sabe del todo quién es. Sincelejo, con la cultura de las Sabanas, con la tradición del porro, el fandango y la caña flecha, con la memoria de un departamento que ha sobrevivido a todo, tiene razones más que suficientes para saber quién es. Lo que necesita es decidir, de una vez, que ese saber merece un centro a su altura.
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