Me lleva él o me lo llevo yo
Por: Alfonso Hamburger
Desde el primer festival vallenato, en una tarima de madera, entre un bosque de mangos -tres arbustos para ser exactos- el ambiente fue de piquería. La trampa no funcionó y se pasarían 58 versiones para que se coronara un Zuleta.
El viejo Mile, que venía dándose pullas con Moralito -quien se creía superior, que le iba a ganar- parecía el más cercano de las coronas. La de la junta y la de su prestigio. Pero se fue a celebrar antes de tiempo y se le apareció el diablo. Alejo Durán se había derrotado asimismo con gran facilidad. Fue como una maldición para el Zuletismo. E Iván Zuleta tuvo que bajarle el ritmo a la puya y fondearse en el marketing para neutralizar el conjuro.
Para sacarle un gran provecho a la rutina, dicen que un estilo que nadie ha dibujado en el papel, las reglas del festival quedaron al libre albedrío, marcadas por un mundo subjetivo, sin que nadie haya diferenciado lo bueno de lo malo.
Dicen que todo radica en la defensa de un estilo, quizás el marcado por Luis Enrique Martínez, pero en el reglamento no se dice eso, porque es una cosa de gusto personal más que de un reglamento. En el ascenso del pollo dicen que quedaron en el anonimato juglares de talla que también dominaban el merengue y la rutina.
¿Qué es bueno y que es malo en los estilos de tocar el llamado vallenato? ¿Quién lo define?
¿Por qué negar los estilos de Juancho Polo Valencia, Abel Antonio Villa o Francisco Rada? ¿Porqué Alfredo Gutiérrez se coronó tres veces cuando su estilo es más del bajo Magdalena y logró su propia versatilidad mezclando sangre sabanera con la Vallenata?
¿Quién define lo bueno del vallenato?
En este ítem, el puntaje caprichoso que se maneja en Valledupar puede ser tan discutible como el manejo de los puntajes con los que se definen los sueldos de los profesores universitarios, amparados en el Super explotado decreto 1279 de 2002.
El festival siempre ha sido polémico y deja en entredicho el reglamento y los puntajes. Parece que hubo un acuerdo tácito entre quienes fueron adiestrado como jurados para acomodar un movimiento excluyente hasta terminar con un posible veto a Alfredo Gutiérrez y otras escuelas. Se habla de talibanes ortodoxos que manejan los hilos ideológicos del vallenato picado, en caída libre y sin plan de salvaguarda que aguante el reculado del ovejo y que de un movimiento académico del finado encuentro de investigadores, que fue detenido porque había una apertura peligrosa para ciertos intereses mezquinos. El vallenato parece construido en una narrativa de mentiras que se ha ido cayendo con las redes sociales. La crisis es innegable. Los avances en investigación han tirado al piso muchos mitos y narrativas.
Y lo peor, ante las reglas rígidas de preservación de ese estilo que nadie definió como el mejor, al menos en forma apriorística, el vallenato tradicional se quedó como una muestra de museo. No se puede pasar de la raya. Y lo peor, la crisis más profunda se da en la piquería y en la canción inédita.
Ese sistema de puntaje parece diseñado para definir a dedo y como lo dijo Luis Hinojosa, con un guiño o recomendado. El problema es que el que da la orden es un mito, un misterio. Nadie lo sabe.
Quien lleve aquel punto invisible de recomendado tiene una patente de corzo que lo hace inmune al error.
El vallenato empezó a joderse desde que fue penetrado por influyentes Cachacos, quienes protegieron los plagios ya documentados como si aquellas canciones no hubiesen sido robadas sino tomadas prestadas.
Hasta para elegir al compañero de Diomedes Díaz o Jorge Oñate, había un conciliábulo más cerrado que para elegir al papa de Roma.
¿Qué es un puntaje perfecto? ¿Qué y quién lo define? Se habla de 4.800 puntos. Entonces van descalificando por fallas, fallas que solo detectan los que gozan de un buen oído o quienes fueron aleccionados para defender un estilo que nadie definió como el mejor, porque es arbitrario y quizás de gusto personal.
El rey 2026, José Juan Camilo Guerra Mendoza, fue anunciado tres meses antes por Silvestre Dangond como el ganador, pero el oído del jurado fue sordo a la protuberante falla del cajero Memo Granados, lo que le impedía un puntaje perfecto, apenas en las preliminares. Ahora quieren justificar esa grosería como un adorno. Si ese adorno se justifica como un avance del vallenato valga mi Dios y que se abran las compuertas de la creatividad para todos. Y que la rutina quede como muestra, no como competencia.
Los oídos fueron sordos al guiño del poder detrás del puntaje en un sistema hecho para un manejo detrás de bambalinas. Sesgado.
Y lo peor es que el modelito, hecho a las anchas para joder, fue calcado por la mayoría de los festivales de acordeón en Colombia.
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