Entre filtraciones y estigmas: la crisis que golpea a la U. de Sucre
Por: Olimpo García Beltrán
En las últimas semanas, la
filtración de información sensible relacionada con docentes de la Universidad
de Sucre ha sacudido el ambiente académico y social de la región y del país. Lo
que, en principio, debió tratarse como una situación de carácter institucional
o como un asunto de competencia exclusiva de los organismos de control del
Estado, terminó convirtiéndose en el detonante de una exposición pública
desproporcionada.
Esta situación amenaza con
afectar no solo a quienes eventualmente pudieran resultar responsables, en caso
de existir responsabilidades individuales, sino también a decenas de
profesionales que han dedicado su vida al fortalecimiento de la educación pública,
tanto en la Universidad de Sucre como en otras universidades públicas
colombianas.
Como egresado de la Universidad
de Sucre, formado entre sus aulas, testigo de los esfuerzos cotidianos de sus
docentes y consciente de las tensiones que históricamente han rodeado su
administración, siento el deber ético y ciudadano de alzar la voz frente a lo
que considero un tratamiento irresponsable, políticamente motivado y
profundamente injusto de esta situación. No es posible seguir en silencio
cuando se generaliza de forma apresurada, cuando se instrumentaliza a los
estudiantes como herramienta de presión y cuando las instancias realmente
competentes han brillado por su ausencia o por su actuación tardía y selectiva
intervención.
Este pronunciamiento no pretende
defender lo indefendible ni desconocer la eventual existencia de
irregularidades, en caso de que estas llegaren a demostrarse. Su propósito es,
ante todo, reclamar rigor, proporcionalidad y sentido de justicia en el debate
público alrededor de una institución que, pese a sus imperfecciones, continúa
siendo el principal motor de movilidad social y formación académica para miles
de jóvenes sucreños.
El primer gran problema derivado
del manejo dado a la filtración de un informe de costos presentado ante la
opinión pública como si correspondiera a los salarios de los docentes radica en
la estigmatización generalizada e indiscriminada que dicha información promovió
contra el profesorado de planta de la institución. Desde el momento en que
comenzó a circular en redes sociales, medios de comunicación locales y grupos
de mensajería, el contenido fue acompañado de interpretaciones simplistas que
terminaron señalando al conjunto del cuerpo docente de la institución, como si
todos fueran cómplices de un supuesto sistema de inequidad o beneficiarios
injustificados de recursos públicos.
Poner en duda la ética y la
integridad de docentes que han desarrollado su ejercicio profesoral con
transparencia y compromiso, a partir del manejo inadecuado de un informe de
auditoría, constituye una grave falta de respeto hacia su trayectoria y hacia el
trabajo que han construido durante décadas. Además, se ha promovido un
imaginario social que afecta profundamente la reputación de personas que han
dedicado su vida al servicio público.
Uno de los aspectos más preocupantes de la coyuntura generada por la filtración
de la información a la opinión pública ha sido el uso político de “algunos” estudiantes. En distintas
manifestaciones, pronunciamientos y debates posteriores a la divulgación de los
datos, se promovió la participación de algunos miembros de la comunidad
estudiantil como instrumento de confrontación contra el cuerpo docente, sin que
mediara un análisis serio de los hechos ni una adecuada pedagogía sobre la
complejidad y el funcionamiento del sistema universitario público.
Los estudiantes de la Universidad de Sucre, como los de cualquier
institución pública del país, tienen el pleno derecho de movilizarse, exigir
transparencia y demandar rendición de cuentas. Nadie puede ni debe quitarles
ese derecho. Sin embargo, un tema es la legítima participación estudiantil en
los asuntos de su universidad y otro muy distinto es que algunos estudiantes
han caído bajo la manipulación de su indignación legítima al servicio de
agendas que poco tienen que ver con su bienestar académico.
Además, cuando actores externos a la comunidad universitaria, sean medios
de comunicación, sectores políticos regionales o grupos de presión con
intereses específicos, promueven la movilización estudiantil basada en
información descontextualizada, están cometiendo una forma de
instrumentalización que merece ser denunciada. El estudiante que marcha o firma
un comunicado creyendo que defiende sus derechos puede estar, sin saberlo,
siendo utilizado como herramienta en un conflicto que tiene otras raíces y otros
beneficiarios.
Lo que se necesita no es la movilización ciega, sino la formación crítica.
Los estudiantes deben ser convocados a entender, a analizar, a cuestionar con
datos en la mano. No a marchar y bloquear detrás de una narrativa construida
sobre una filtración cuya legalidad, autenticidad y contexto siguen siendo
objeto de debate.
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