Acuerdo sobre lo fundamental
Por: Hernán De la Ossa
Hay ideas que sobrepasan la política y son concepciones del mundo que abren el espectro para entender la mecánica y el comportamiento de nuestras sociedades. Lo verdaderamente triste es que, entre más completa y estructurada sea, más ignorada, vilipendiada y siempre despreciada. Directamente proporcional, más actuales y urgentes.
Entre ellas, la anquilosada idea del “acuerdo sobre lo fundamental” de Álvaro Gómez Hurtado, que hoy toma más vigencia que nunca, frente a la presencia de un “régimen” al que hay que derrocar. Gómez Hurtado, político, pensador, periodista y pintor colombiano, nacido el 8 de mayo de 1919, quien llevaría como espada de Damocles, ser hijo del “monstruo” Laureano Gómez Castro, fue infortunado candidato a la presidencia en tres ocasiones (tres de las tantas veces en que Colombia se dejó llevar por las miserias de los estereotipos y ha despreciado a sus grandes hombres).
A parte de que Colombia nunca valoró en las urnas su capacidad de concebir por completo la problemática desde los años cuarenta, Gómez pensó que, desde siempre, en Colombia existe un régimen oculto, un enemigo silencioso que en ocasiones es tolerado en el entorno político y social. Lo grave es que aprendimos, no solo a vivir con él sino a vivir de él.
Ese régimen es la complicidad, la forma más vulgar de la solidaridad, el amiguismo concentrado en las ramas del poder público y la usurpación de la política para volverla un negocio, que solo les sirve a quienes entran en él. En ese tinglado de la antigua farsa, se pavonean con descaro, la prensa, las fuerzas del orden, los grupos económicos, en fin, todo aquel que se deje comprar.
De tal suerte, Colombia desde hace mucho se contagió de las formas más sencillas de conseguir dinero, desconociendo la importancia de la ética y la moral. Pero toda enfermedad tiene una píldora. La cura para este mal es un acuerdo sobre lo fundamental, el rescate de los valores morales de la ley y la sociedad, pero, sobre todo, un acuerdo para hacer conciencia que valen más las capacidades intelectuales y personales, que la cómplice intensión de amistarse con los altos mandos.
Todo este entramado de corrupción esparce su efluvio hipnótico que desorienta los fines reales de una sociedad productiva, hasta desperdiciar su capital. Un acuerdo sobre lo moral, sobre la importancia de la preparación académica, fundamentalmente, un acuerdo sobre el poder electoral para descartar a quienes alimentan el régimen, del silencio y del barullo conveniente.
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