viernes, 29 de mayo de 2026

Columna de Opinión

Todo cuerpo vale

Por: Rita Mendoza Simahan  



Podríamos decir que no solo habitamos un cuerpo, sino que somos un relato vivo donde cada experiencia y cada memoria se entrelazan para formar nuestra identidad. Allí, en ese espacio se escriben nuestras alegrías y nuestras tristezas, por eso escribo la premisa “TODO CUERPO VALE”.

A nosotras, las que ya peinamos las canas y sumamos varios veranos, nos toca hacer un ejercicio de reconciliación. Tenemos que aprender a mirarnos, con la misma ternura que miramos nuestras raíces. Cada arruga, cada cicatriz, cada gordito generado por unos kilos de más, son el reflejo de las historias y la memoria de quienes fuimos y seremos. Definitivamente nuestro cuerpo es una carta de navegación, y es pertinente tratarlo con orgullo, sin apuros, celebrando cada marca que cuenta quien eres.

Vivimos en la era de lo plástico, es decir, estamos hablando de un mundo que se ha olvidado a mirar con el alma. Es una estética que nos quiere convencer que el cuerpo debe ser pulido, cortado y ajustado en un molde que no tiene corazón. Es una forma de vivir, que nos aleja de la realidad, como si quisiéramos borrar la huella de nuestros ancestros, para lucir una perfección que no se siente y que no cuenta ninguna historia. Vivir así es como intentar apagar la luz de nuestra esencia por miedo a no parecer perfectos ante los ojos de los demás. Y es aquí, donde el caso de Yulixa Tolosa, una mujer de 52 años que se practicó una lipolisis laser en una clínica clandestina en Bogotá, se nos presenta no solo como una tragedia, sino como un grito de auxilio, un SOS que nos atraviesa el alma.

Que una mujer busque en una clínica garaje, el filo de un bisturí para “componerse”, es la prueba de que el mercado ha logrado convencernos de que nuestra esencia no es suficiente. ¿Qué nos está pasando? ¿Por qué sentimos que, a esta edad, tenemos que pedir permiso para existir sin retoques? La muerte de Yulixa es un espejo roto que nos obliga a mirar de frente nuestra propia vulnerabilidad. ¡No estamos para jugar con nuestra salud ¡

 La madurez no es una etapa para esconderse, ni para pulirse hasta desaparecer. Nuestra verdadera belleza, es humana, es espiritual. Definitivamente, lo plástico se rompe o se desvanece, pero la dignidad de un cuerpo que vive con propósito es eterna. Somos vulnerables y demasiado sensibles y se hace necesario que lo aceptemos, y eso, nos hace más humanos. Sin embargo, esa misma sensibilidad, es la que las industrias de la estética, intentan explotar, convirtiendo así, nuestras inseguridades en un gran negocio.

Pellizquémonos Mujeres. Hay que sacarle jugo a nuestra sonrisa, a nuestros ojos, a nuestro pelo; a esa chispa que sale cuando servimos con bondad. Todo eso que llevamos dentro-nuestra nobleza, nuestra historia, nuestra capacidad de amar- es lo que realmente le da forma a nuestro cuerpo y lo hace brillar.

Y el mensaje es sencillo: aceptémonos. Tomemos vías saludables para mejorar. Recuerden, que la dignidad del cuerpo que vive con propósito es eterna. Nuestro cuerpo no necesita moldes; necesita ser habitado con amor, con respeto y con la certeza que, tal como somos, brillamos con luz propia.

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