jueves, 30 de julio de 2026

Columnas de Opinión

La separación de poderes: el muro que contiene el abuso

Por: Héctor Merlano Garrido.



Una de las mayores virtudes de un régimen democrático es, sin duda, la separación de poderes. No se trata de un simple diseño institucional ni de una fórmula académica: constituye el principio, el pulmón y el muro infranqueable que protege a la democracia frente al abuso del poder. Su finalidad es clara: impedir el regreso de las formas despóticas de gobierno, ya sean el autoritarismo, la tiranía o la dictadura.


Esa es la conclusión a la que arriba Mauricio Gaona —recientemente designado embajador de Colombia ante las Naciones Unidas por el presidente electo, Abelardo de la Espriella— en el capítulo dedicado a este tema. Su planteamiento parte de una premisa contundente: sin separación de poderes no existe verdadero orden constitucional, no hay libertad y, mucho menos, democracia. Cuando este principio desaparece, lo que queda es apenas el disfraz de una dictadura constitucional.


Para sustentar esa afirmación, Gaona emprende un recorrido histórico por el origen y la evolución de esta institución. Recuerda que ya en la antigua Grecia se insinuaba una separación de funciones públicas, mientras que la República romana avanzó hacia un modelo de gobierno mixto, donde distintas magistraturas compartían el ejercicio del poder.


En ese recorrido sobresale la figura del historiador griego Polibio, quien en el siglo II antes de Cristo identificó un elemento que terminaría siendo esencial en las democracias modernas: el poder, cuando se divide, también se controla. Cada órgano del Estado ejerce funciones diferentes y, al mismo tiempo, limita el actuar de los demás mediante un sistema de frenos y contrapesos. En otras palabras, ningún poder debe ser absoluto porque todos encuentran un límite en los otros.


Quizá la enseñanza más vigente de esa reflexión sea una frase tan sencilla como profunda: el límite supremo del poder es la ley. Allí radica la esencia del constitucionalismo contemporáneo y la garantía de que ningún gobernante pueda situarse por encima de las instituciones.


Sin embargo, la historia también enseña que esos avances no fueron permanentes. Con la caída del Imperio romano de Occidente y durante buena parte de la Edad Media, la concentración del poder regresó con fuerza bajo el absolutismo monárquico. El rey hacía la ley, la ejecutaba y administraba justicia. Todo el poder público reposaba en una sola persona.


Esa concentración no solo tenía fundamento político, sino también religioso. La doctrina del derecho divino de los reyes presentaba al monarca como representante de Dios en la Tierra. Cuestionar sus decisiones equivalía a desafiar el orden sagrado y podía ser castigado como un acto de herejía. La separación de poderes, en consecuencia, quedó reducida a escombros durante varios siglos.


Hasta allí llega este primer análisis del libro. La historia demuestra que la libertad nunca ha sido una conquista definitiva y que las instituciones democráticas requieren vigilancia permanente para sobrevivir. En la próxima entrega examinaremos cómo la independencia de los Estados Unidos y la Revolución francesa rescataron la idea de dividir el poder, sentando las bases del Estado constitucional moderno y devolviendo a la democracia uno de sus pilares fundamentales.

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