martes, 28 de abril de 2026

Columna de Opinión

Sincelejo sola no alcanza: El área metropolitana que nadie quiere nombrar

Por: Carlos Enrique Paternina




«Una ciudad que no puede moverse hacia sus municipios vecinos tampoco puede crecer con ellos. Y una región que no se piensa como unidad no tiene escala suficiente para resolver sus propios problemas.»

Hay una ruta que sale de Sincelejo hacia Corozal cada mañana. La recorren miles de personas: trabajadores, estudiantes, pacientes que van a una consulta de mayor complejidad, comerciantes que mueven mercancía entre los dos centros urbanos más importantes del departamento. La hacen en busetas, mototaxi, en colectivo, en lo que haya. No existe un sistema integrado de transporte que conecte ambos municipios de manera eficiente y sin trasbordos. No hay tarifa unificada. No hay planificación conjunta. Cada uno resuelve como puede lo que debería ser, hace décadas, una política pública compartida.

Eso es el área metropolitana que no existe.

Sincelejo lleva años debatiendo su sistema de movilidad interna. El SETP —Sistema Estratégico de Transporte Público— avanza con lentitud, entre resistencias gremiales y limitaciones presupuestales. Pero incluso si ese sistema funcionara perfectamente dentro del perímetro urbano, seguiría siendo insuficiente. Porque la ciudad funcional de Sincelejo no termina en sus límites administrativos.

Corozal, Morroa, Toluviejo y Sampués no son municipios ajenos. Son parte de una misma dinámica cotidiana de movilidad, trabajo, comercio y servicios. Sus habitantes llegan a Sincelejo a estudiar, a atenderse, a comprar, a buscar empleo. Sus economías están entrelazadas con la capital departamental. Pero cada uno planifica —o no planifica— en solitario, sin instrumentos compartidos, sin visión territorial conjunta.

El resultado es predecible: una región que crece en población y en área construida, pero que no logra consolidarse como un sistema urbano funcional. La infraestructura no sigue el ritmo de la urbanización. Los servicios no tienen escala suficiente. Los problemas se multiplican mientras las soluciones permanecen fragmentadas.

No se trata de un concepto abstracto ni de una aspiración burocrática. Un área metropolitana es, en términos concretos, el instrumento que permitiría hacer lo que hoy es imposible hacer por separado.

Permitiría planificar el territorio de forma conjunta: un solo esquema de ordenamiento que entienda la región como un sistema, no como seis municipios con seis agendas distintas. Permitiría financiar infraestructura a escala real: capturar las plusvalías que genera el crecimiento regional para invertirlas en vialidad, saneamiento y espacio público donde más se necesiten. Permitiría construir un sistema de transporte que tenga sentido: rutas que conecten los municipios, tarifas integradas, infraestructura ciclista y peatonal pensada para una región, no para una sola cabecera. Y permitiría proyectarse hacia afuera con una voz unificada, algo que hoy ninguno de los seis municipios puede hacer solo.

Pero quizás el argumento más urgente no está en la infraestructura. Está en el Golfo.

Sucre tiene salida al mar. Eso no es un dato geográfico menor. El Golfo de Morrosquillo conecta al departamento con dinámicas portuarias, turísticas, logísticas y de comercio exterior que hoy pasan de largo. La costa sucreña existe; la institucionalidad para aprovecharla, no.

Una región metropolitana articulada alrededor de Sincelejo, con proyección hacia el Golfo, podría reposicionar al departamento en la economía del Caribe colombiano. Podría atraer inversión con una oferta territorial coherente. Podría conectar los municipios del interior con la costa de una manera que hoy depende del azar y de la gestión individual de cada alcalde.

La pregunta no es si Sucre puede mirar al Golfo. La geografía ya lo hace posible. La pregunta es si la región tiene la institucionalidad para convertir esa posibilidad en una estrategia.

Y ahí está el problema de fondo.

Colombia tiene los instrumentos legales para construir áreas metropolitanas desde hace décadas. Tiene mecanismos de financiación del desarrollo urbano —participación en plusvalía, valorización, planes parciales— que permitirían sostener esa visión con recursos propios. Pero tener los instrumentos y usarlos son cosas distintas.

En la subregión de las sabanas, esos instrumentos no se han activado de forma sistemática. Los municipios crecen sin coordinación. Los suelos se urbanizan sin que la infraestructura los alcance. Los recursos que genera el crecimiento del territorio —la valorización del suelo, el dinamismo comercial, la demanda de servicios— no se capturan para reinvertirlos en la región que los produce.

El resultado no es solo un problema de movilidad o de vías. Es un modelo de desarrollo que acumula brechas en lugar de cerrarlas. Es una región que tiene los ingredientes para ser mucho más de lo que es, pero que no ha encontrado todavía la figura institucional que le permita ensamblarlos.

Esa figura se llama área metropolitana. No como una promesa administrativa, sino como una decisión política: la decisión de que Sincelejo, Sampués, Corozal, Morroa, Toluviejo e incluso Santiago de Tolú se piensen juntos, planifiquen juntos y se proyecten juntos hacia el futuro.

Sincelejo carga con una cicatriz urbana de más de cuarenta años en su centro histórico, mientras a su alrededor crecen municipios que dependen de ella sin estar realmente integrados. Tiene, además, una costa que no aprovecha y una institucionalidad de planificación que puede consolidarse. No le faltan condiciones: le falta dirección.

Porque el verdadero punto de quiebre no está en lo que la ciudad tiene, sino en lo que decide hacer con ello. La posibilidad de estructurar proyectos estratégicos existe, pero requiere asumir una visión metropolitana sin ambigüedades. Convertir las cicatrices en proyectos, la fragmentación en sistema y la proximidad geográfica en integración real. En el fondo, se trata de una decisión: o cada uno de estos municipios y Sincelejo siguen creciendo solos, resolviendo a medias problemas que son regionales, o dan el salto —político e institucional— para convertirse en una región que, por fin, empiece a pensarse y construirse como una sola.

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