Sincelejo sola no alcanza: El área metropolitana que nadie quiere nombrar
«Una ciudad que no puede
moverse hacia sus municipios vecinos tampoco puede crecer con ellos. Y una
región que no se piensa como unidad no tiene escala suficiente para resolver
sus propios problemas.»
Hay una ruta que sale de
Sincelejo hacia Corozal cada mañana. La recorren miles de personas:
trabajadores, estudiantes, pacientes que van a una consulta de mayor
complejidad, comerciantes que mueven mercancía entre los dos centros urbanos
más importantes del departamento. La hacen en busetas, mototaxi, en colectivo,
en lo que haya. No existe un sistema integrado de transporte que conecte ambos
municipios de manera eficiente y sin trasbordos. No hay tarifa unificada. No
hay planificación conjunta. Cada uno resuelve como puede lo que debería ser,
hace décadas, una política pública compartida.
Eso es el área metropolitana
que no existe.
Sincelejo lleva años
debatiendo su sistema de movilidad interna. El SETP —Sistema Estratégico de
Transporte Público— avanza con lentitud, entre resistencias gremiales y
limitaciones presupuestales. Pero incluso si ese sistema funcionara
perfectamente dentro del perímetro urbano, seguiría siendo insuficiente. Porque
la ciudad funcional de Sincelejo no termina en sus límites administrativos.
Corozal, Morroa, Toluviejo y
Sampués no son municipios ajenos. Son parte de una misma dinámica cotidiana de
movilidad, trabajo, comercio y servicios. Sus habitantes llegan a Sincelejo a
estudiar, a atenderse, a comprar, a buscar empleo. Sus economías están
entrelazadas con la capital departamental. Pero cada uno planifica —o no
planifica— en solitario, sin instrumentos compartidos, sin visión territorial
conjunta.
El resultado es predecible:
una región que crece en población y en área construida, pero que no logra
consolidarse como un sistema urbano funcional. La infraestructura no sigue el
ritmo de la urbanización. Los servicios no tienen escala suficiente. Los problemas
se multiplican mientras las soluciones permanecen fragmentadas.
No se trata de un concepto
abstracto ni de una aspiración burocrática. Un área metropolitana es, en
términos concretos, el instrumento que permitiría hacer lo que hoy es imposible
hacer por separado.
Permitiría planificar el
territorio de forma conjunta: un solo esquema de ordenamiento que entienda la
región como un sistema, no como seis municipios con seis agendas distintas.
Permitiría financiar infraestructura a escala real: capturar las plusvalías que
genera el crecimiento regional para invertirlas en vialidad, saneamiento y
espacio público donde más se necesiten. Permitiría construir un sistema de
transporte que tenga sentido: rutas que conecten los municipios, tarifas
integradas, infraestructura ciclista y peatonal pensada para una región, no
para una sola cabecera. Y permitiría proyectarse hacia afuera con una voz
unificada, algo que hoy ninguno de los seis municipios puede hacer solo.
Pero quizás el argumento más
urgente no está en la infraestructura. Está en el Golfo.
Sucre tiene salida al mar. Eso
no es un dato geográfico menor. El Golfo de Morrosquillo conecta al
departamento con dinámicas portuarias, turísticas, logísticas y de comercio
exterior que hoy pasan de largo. La costa sucreña existe; la institucionalidad para
aprovecharla, no.
Una región metropolitana
articulada alrededor de Sincelejo, con proyección hacia el Golfo, podría
reposicionar al departamento en la economía del Caribe colombiano. Podría
atraer inversión con una oferta territorial coherente. Podría conectar los
municipios del interior con la costa de una manera que hoy depende del azar y
de la gestión individual de cada alcalde.
La pregunta no es si Sucre
puede mirar al Golfo. La geografía ya lo hace posible. La pregunta es si la
región tiene la institucionalidad para convertir esa posibilidad en una
estrategia.
Y ahí está el problema de
fondo.
Colombia tiene los
instrumentos legales para construir áreas metropolitanas desde hace décadas.
Tiene mecanismos de financiación del desarrollo urbano —participación en
plusvalía, valorización, planes parciales— que permitirían sostener esa visión
con recursos propios. Pero tener los instrumentos y usarlos son cosas
distintas.
En la subregión de las
sabanas, esos instrumentos no se han activado de forma sistemática. Los
municipios crecen sin coordinación. Los suelos se urbanizan sin que la
infraestructura los alcance. Los recursos que genera el crecimiento del
territorio —la valorización del suelo, el dinamismo comercial, la demanda de
servicios— no se capturan para reinvertirlos en la región que los produce.
El resultado no es solo un
problema de movilidad o de vías. Es un modelo de desarrollo que acumula brechas
en lugar de cerrarlas. Es una región que tiene los ingredientes para ser mucho
más de lo que es, pero que no ha encontrado todavía la figura institucional que
le permita ensamblarlos.
Esa figura se llama área
metropolitana. No como una promesa administrativa, sino como una decisión
política: la decisión de que Sincelejo, Sampués, Corozal, Morroa, Toluviejo e
incluso Santiago de Tolú se piensen juntos, planifiquen juntos y se proyecten
juntos hacia el futuro.
Sincelejo carga con una
cicatriz urbana de más de cuarenta años en su centro histórico, mientras a su
alrededor crecen municipios que dependen de ella sin estar realmente
integrados. Tiene, además, una costa que no aprovecha y una institucionalidad
de planificación que puede consolidarse. No le faltan condiciones: le falta
dirección.
Porque el verdadero punto de
quiebre no está en lo que la ciudad tiene, sino en lo que decide hacer con
ello. La posibilidad de estructurar proyectos estratégicos existe, pero
requiere asumir una visión metropolitana sin ambigüedades. Convertir las cicatrices
en proyectos, la fragmentación en sistema y la proximidad geográfica en
integración real. En el fondo, se trata de una decisión: o cada uno de estos
municipios y Sincelejo siguen creciendo solos, resolviendo a medias problemas
que son regionales, o dan el salto —político e institucional— para convertirse
en una región que, por fin, empiece a pensarse y construirse como una sola.
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