miércoles, 22 de abril de 2026

Columna de Opinión

¿Pa qué los homenajes?

Por: Alfonso Hamburger



“Me hicieron un homenaje en San Jacinto, me dieron una muda de ropa, una botella de ron y veinte mil pesos y yo les dije a esos muchachos que para qué hacían esos esfuerzos siendo yo de aquí mismo, del pueblo“( Juan chuchita)

Me harán un homenaje en el III Encuentro Literario de Talaigua Nuevo, Bolívar, este fin de semana.

Y he querido replicar para mí este pensamiento sabio de Juan Chuchita Fernández, quien se puso pesado solo cuando lo llevaban a enterrar. No quería que lo llevaran a la Alcaldía. Los hombres que cargaban el ataúd no podían con su peso: 37 kilos.

Entonces me pregunto, ¿para qué los homenajes? Porque llega un momento en que nuestra existencia queda en un vacío y se vuelve a preguntar uno… ¿Después qué? La vida no termina allí. Hay que ser útil y ser un ser solidario, más allá de la fama o de creerse importante.

Uno se quebranta cuando lo invisibilizan, cuando le ponen palos a la rueda, cuando retardan los procesos, porque el mundo marcha muy rápido. A estas alturas ya no vale el pasado. El futuro es ya.

Los humanos vivimos del reconocimiento, de la visibilidad, del roce, de sentirnos en la piel del otro. No gana quien mata o quien te niega una deuda. Vive quien tiene la posibilidad de cooperar con el otro humano.

En esta búsqueda, casi confundido, me encuentro con una entrevista publicada por Patricia Iriarte en su muro de Facebook que ojalá lean sobre el biólogo del amor Humberto Maturana, que pregunta ¿por dónde nos duele la vida? Y hace una profunda reflexión sobre esa necesidad de ser reconocido, de ser visible, de ir más allá del instinto animal, porque hay verdades que duelen y mentiras que tapan errores.

Nos agredimos con frecuencia, nos irrespetamos, nos tratan de viejos como si los años fueran un pecado, como si esos años dolieran.

A estas alturas, aún lejos de la edad de los papas y de los Nobel, he recibido varios reconocimientos sin buscarlos y cuando los logro me pongo en los zapatos de quienes no los han logrado y vuelvo a caer en un vacío.

Cada reconocimiento necesita un sacrificio y se necesita cierto protocolo, como lo entendió Chuchita.

En una parranda del retorno en San Jacinto, los hermanos Lora tuvieron el tino de darme un pergamino. No dormí pensando en cómo iba a ser aquello, me imaginé caminando por una alfombra roja, pero aquello fue un acto desligado de emoción. Allí tengo el pergamino y estoy súper agradecido.

En Cartagena me dieron el premio Diana Turbay como mejor corresponsal regional en 1990 y esperé hasta la madrugada, en medio de una lluvia extensa de medallas, que no impidió ser atracado cuando regresaba a casa. Aquello fue horrible.

En 2006 me impusieron la medalla ciudad de Magangué en un festival de músicas regionales y después tuve que calificar cien canciones inéditas entre seis de la tarde y seis de la mañana siguiente, me quedé dormido varias veces y al final tuve que irme volado al hotel, porque entre las canciones finalistas no había ninguna de Magangué.

Esta vez quisiera que este homenaje sea más útil, que pueda ser reflexivo, que pensáramos en la crisis del libro, en la derrota del autor, cuando en Cartagena se voltea un camión lleno de libros y no se robaron ninguno. No hay ladrones de libros. Si fueran pinpinas de gasolina no importa si se incendian.

El librero de la calle en Sincelejo deja sus libros solos y nadie se roba uno.

¿Acaso nos estamos leyendo?

Entre mis variados textos -algunos editados por convocatorias y premios y otros con mi propia Tula- tengo el caso de la novela Ataque de frío de perros, finalista de un concurso universitario que jamás canceló el premio, hace treinta años. 

De mi herencia familiar vendí cuatro vacas para su impresión impecable en Bogotá. Hace veinte años costó ocho millones de pesos y ahora al libro le dicen el tigre.

La verdad el texto ha sido bien comentado, como la primera novela histórica de los Montes de María y calificada como obra meritoria. Pagó la inversión. El escritor antioqueño Fernando Vallejo la incluyó entre las mejores obras sobre el conflicto y un amigo la halló en una biblioteca de USA. Emocionado nos envió una foto, pero hace un mes nos llevamos una triste desilusión. En un basurero de San Jacinto un joven que arreglaba el jardín del patio halló en un saco de fique con la boca sellada con alambre dulce unos doscientos libros míos ya corroídos por la humedad y el comején.

Este mal trato que duele nos pone a pensar sobre la suerte que pudieran tener estos textos cuando ya no estemos por aquí.

CODA. Ojalá que en cada pueblo del Caribe haya una dama como Rosalba Martínez Panza, que promueve la lectura y estos reconocimientos, aún con las uñas y bollos de palo con palo.

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