El último de los grandes bastiones de las letras
He vuelto a leer libros fundamentales para la literatura universal y llegó a mi una providencia epifanía. Coincidencialmente por estos días se ha cumplido el aniversario luctuoso del último de los grandes bastiones de las letras del mundo, que ha dejado su huella inscrita en la prosa mundial y es autor, del que para mí constituye una de las más grandes obras de su bibliografía Travesuras de la niña mala; un viaje onírico en el mundo, una vista al amor contrariado, una oda al sufrimiento del sueño de amar.
Mario Vargas Llosa, maestro de todos los neófitos escritores, quien nació en Arequipa, Perú, el 28 de marzo de 1936, nos entregó en las manos la contundencia enmarcada a la brevedad de los detalles triviales, aterrizados en la realidad fundada por su imaginación, en cada una de sus publicaciones.
Como en muchas otras ocasiones Vargas Llosa en Travesuras de la niña mala fusiona la calidad novelista de su pluma con esa vocación académica e historiadora por la que se destacó toda su vida. El escritor peruano pudo fusionar la seriedad de la historia mundial y los cambios sociológicos entorno a los fenómenos culturales, con las vicisitudes de un hombre que ama a la mujer imposible, recorriendo los lugares más característicos de la vida personal del autor.
Ya lo había hecho en algún otro momento con La fiesta del chivo una novela política que narra no solo la caída de uno de los más sanguinarios dictadores de la historia de Hispanoamérica, sino que recoge los detalles del comportamiento social de un país que no es el suyo y los aglomera puntualmente entorno a la figura del personaje.
Por si fuera poco, logró en su última novela dar un refresco a ese concepto acartonado de su prosa y musicalizó su narrativa. Te dedico mi silencio es casi un tratado de música vernácula peruana en el que se funden sutilmente el amor, la pasión, los paisajes del sur del Perú y la música tradicional.
En este recorrido por la obra del nobel de literatura, habrá que enunciar también su calidad expresiva, su tajante posición política y su extrema coherencia con la visión de la que era dueño. Un verdadero académico como Mario Vargas llosa, nos enseñó la importancia de utilizar la lengua castellana acudiendo a los cánones de la real academia y no solo eso, defendió por todos los medios la preservación de la misma.
No sé hasta donde se podrá decir que es necesario que subsistan mentes de la calidad de Vargas en un mundo intelectualmente hostil como el que transcurre esta época, donde los pensadores y productores literarios con criterio en su caligrafía están en vía de extinción.
Pero vale mencionar que la lectura vargasllosiana es de extremo rigor, no solo para quienes pretenden entretenerse sino para los que buscan aprender a novelar y conocer aspectos del mundo que se mantienen en la inopia.
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