martes, 9 de junio de 2026

Columna de Opinión

De la Espriella: el relevo de una causa que no admite renuncias

Por: Héctor Merlano Garrido



En los momentos más complejos de la historia de una nación, las sociedades suelen identificar a quienes encarnan sus anhelos y también a quienes están dispuestos a asumir el costo de defenderlos. Para muchos colombianos, Miguel Uribe Turbay representó una voz decidida en favor de la institucionalidad, la seguridad y la recuperación de un Estado que no cediera un solo centímetro frente a la criminalidad organizada.


Su discurso estuvo marcado por la convicción de que la paz no puede edificarse sobre la impunidad ni sobre concesiones que terminen fortaleciendo a quienes han sembrado terror durante décadas. Esa visión, compartida o discutida dentro del debate democrático, dejó una huella profunda en un sector importante del país que reclama autoridad legítima y protección efectiva para los ciudadanos.


Hoy, quienes observan el escenario político encuentran en Abelardo de la Espriella a un dirigente dispuesto a recoger esa bandera y convertirla en un compromiso personal y público. Su mensaje ha sido claro: enfrentar la inseguridad con determinación, reivindicar el respeto por la ley y fortalecer las instituciones para que el crimen no siga ganando espacios donde el Estado debería ejercer plenamente su autoridad.


Mientras algunos defienden la denominada política de “paz total” como una estrategia para reducir la violencia mediante el diálogo con distintos actores armados, muchos de nosotros, con Abelardo a la cabeza, sostenemos que dicha política ha producido incentivos equivocados y que, lejos de contener el fenómeno criminal, ha coincidido con la expansión territorial y el fortalecimiento de organizaciones ilegales en diversas regiones del país. Desde esa perspectiva, la inseguridad se ha convertido en una auténtica bola de nieve que crece día tras día, alimentada por la  debilidad institucional y por la ausencia de respuestas contundentes.


Quienes respaldamos a Abelardo de la Espriella consideramos que su liderazgo puede convertirse en un punto de inflexión para recuperar la confianza ciudadana y devolver al Estado la capacidad de ejercer el monopolio legítimo de la fuerza dentro del marco constitucional y legal. Ven en él no solo a un abogado reconocido, sino a una figura política capaz de canalizar el inconformismo de millones de colombianos preocupados por el deterioro de la seguridad.


El verdadero legado de Miguel Uribe Turbay, desde esta óptica, no radica únicamente en sus discursos, sino en la permanencia de una idea: que Colombia merece vivir sin miedo, que la defensa de la democracia exige firmeza frente a quienes desafían el orden jurídico y que la libertad de los ciudadanos depende de instituciones fuertes y respetadas.


Estoy seguro de que Abelardo de la Espriella logra consolidarse como el sucesor político de esa visión. Lo cierto es que, para nosotros, sus simpatizantes, la lucha contra la inseguridad no constituye una consigna electoral pasajera, sino una obligación moral con las víctimas, con las familias que reclaman tranquilidad y con un país que anhela volver a confiar en la fuerza del principio de legalidad.

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