Volarse los semáforos: un peligro que Sincelejo no puede normalizar
Por: Juan Carlos Monterroza
A raíz de ver un video que vi de las redes sociales pude observar que aún esa costumbre se ha establecido como norma. En Sincelejo existe una escena cotidiana que muchos observan con preocupación, pero que poco a poco hemos terminado aceptando como algo normal: mototaxistas que atraviesan los semáforos en rojo sin detenerse. Lo hacen frente a peatones, vehículos y autoridades, como si las señales de tránsito fueran simples sugerencias y no normas diseñadas para proteger vidas.
Lo más preocupante no es la infracción en sí, sino la normalización de esta conducta. Cuando una práctica riesgosa se vuelve costumbre, la sociedad deja de verla como un problema y comienza a convivir con ella. Así ocurre en muchas intersecciones de la ciudad, donde algunos conductores aceleran al cambiar la luz o simplemente ignoran el semáforo, confiando en que nada sucederá.
Detrás de esta realidad existe una mezcla de factores. La necesidad económica lleva a muchos mototaxistas a buscar más carreras en menos tiempo. Cada minuto cuenta y cada pasajero representa ingresos. Sin embargo, ningún beneficio económico justifica poner en riesgo la vida propia y la de los demás.
La consecuencia más visible es el aumento del riesgo de accidentes. Un peatón que cruza confiado en la luz verde, un conductor que avanza con el derecho de vía o un motociclista que respeta las normas pueden convertirse en víctimas de una decisión irresponsable tomada en apenas segundos. Lo que comienza como una imprudencia puede terminar en una tragedia para varias familias.
Pero el problema va más allá de la seguridad vial. Volarse un semáforo también refleja una crisis de cultura ciudadana. Cuando alguien decide que las normas no aplican para él, envía un mensaje peligroso: que el interés individual está por encima del bienestar colectivo. Esa misma lógica se manifiesta en otros comportamientos que afectan a Sincelejo, como arrojar basura en las calles, invadir el espacio público o ignorar las reglas de convivencia.
La solución no depende únicamente de imponer comparendos o aumentar los controles. Se requiere educación vial permanente, campañas de sensibilización y un compromiso real de conductores, pasajeros y ciudadanos. También es necesario reconocer que el respeto por las normas beneficia a todos, incluyendo a quienes viven del transporte informal.
Sincelejo aspira a ser una ciudad moderna, organizada y competitiva. Sin embargo, ese objetivo será difícil de alcanzar mientras continuemos justificando conductas que ponen en riesgo la vida de las personas. El desarrollo de una ciudad no se mide solamente por sus obras o inversiones; también se refleja en el comportamiento de sus ciudadanos.
Cada vez que un conductor se detiene ante una luz roja está demostrando respeto por la vida. Cada vez que alguien decide esperar unos segundos en lugar de arriesgar una tragedia, está contribuyendo a construir una mejor ciudad.
Quizás el verdadero desafío para Sincelejo no sea instalar más semáforos, sino lograr que todos comprendamos que respetarlos es una obligación moral antes que una exigencia legal.
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