viernes, 17 de julio de 2026

Columna de Opinión

La historia como tejido vivo de la cultura  

Por: Rita Mendoza Simahan



Como hija de esta tierra sabanera, he visto de primera mano, como los relatos familiares sostienen la memoria del pueblo. La historia no es un discurso lejano: es la trama que le da sentido a nuestras costumbres, nuestra música, comidas y oficios.  Cuando hablamos de cultura, debemos poner la historia en el centro, porque sin memoria las tradiciones se deshilachan, y pierden su razón de ser.

En este escrito quiero defender esa investigación histórica local, como herramienta imprescindible para que la cultura sea viva, pedagógica y transformadora.

Investigar la vida de un pueblo, documentar las fiestas, oficios y biografías locales, no es un acto de nostalgia. Es una praxis que reúne metodología y afecto. La investigación aporta fuentes, contexto, aporta voz y calor. Juntas conforman un archivo vivo que explica como, por ejemplo, seguimos bailando cierta música, porque nuestras recetas llevan el nombre de abuelas y por qué ciertos espacios son sagrados para la comunidad. Sin ese trabajo, lo que queda es un folclor desligado de la historia de los pueblos, óigase bien, fácil de consumir, pero incapaz de nutrir a las nuevas generaciones. La experiencia en mi caso muy particular la del líder e historiador, cronista de su pueblo adoptivo Alberto Mendoza Candelo, ilustra, como desde una hoja del bloc y un lapicero, se puede devolver a su comunidad sus propios nombres y, con ello, fortalecer la identidad colectiva.

La defensa de la historia en los procesos culturales, implica transformar la investigación en práctica: llevarla a los colegios, a las plazas y a las políticas públicas. Cuando las ponencias se convierten en talleres, cuando los archivos locales se usan en salones de clase, y cuando las investigaciones alimentan la programación cultural municipal, la historia deja de ser un texto cerrado y se vuelve herramienta de empoderamiento. Ese lujo circulante-investigador, comunidad, escuela, gestor cultural-es la que asegura que la memoria no quede engavetada, sino que actúe como brújula en el presente.

Por eso, DEBEMOS NOMBRAR LO NUESTRO SIN PENA, contar quienes eran, por ejemplo, esas mujeres que fritaban la arepa chorriá, quienes fueron nuestros artesanos, esto no es vanidad, es devolver nombres y dignidad. Debemos sacar la memoria histórica del cajón e involucrar a la nueva generación. Las fotos, los archivos; llevar esas historias a la digitalización, para que no se pierdan en el olvido.  NO ES ERUDICION, ES RECONOCER A QUIENES HICIERON EL PUEBLO. Definitivamente, que la historia sirva para construir orgullo y futuro.

Les comparto mi compromiso como hija de este territorio a recoger esas voces, y a repartirlas como pan caliente, para que nadie se olvide de quienes fuimos.


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