Segundo tema: La Constitución Soy Yo
Por: Héctor Merlano Garrido
Con esta columna me permitiré continuar el análisis del libro La Constitución Soy Yo, del eminente jurista J. Mauricio Gaona, hijo del inmolado magistrado de la Honorable Corte Suprema de Justicia, Carlos Horacio Gaona Cruz, asesinado por el grupo guerrillero M-19 durante la trágica toma y retoma del Palacio de Justicia, ocurrida en noviembre de 1985. Su obra constituye una profunda reflexión sobre los riesgos que enfrenta la democracia cuando el poder pretende instrumentalizar la Constitución para socavar el Estado de derecho.
En esta oportunidad me detendré en uno de los planteamientos más provocadores del autor: la denominada "metamorfosis institucional", entendida como el proceso mediante el cual los instrumentos creados para proteger la democracia terminan siendo utilizados para desmantelarla desde su interior. No se trata del golpe de Estado clásico, ejecutado mediante las armas, sino de una transformación mucho más sofisticada y, precisamente por ello, más peligrosa: aquella que conserva las formas constitucionales mientras vacía de contenido los principios democráticos.
Gaona sostiene que el populismo contemporáneo no comienza atacando la Constitución, sino apropiándose de su lenguaje. Invoca la voluntad popular, la justicia social, la igualdad o la soberanía del pueblo como argumentos para concentrar el poder. El problema no radica en esos ideales, todos ellos legítimos dentro de un Estado constitucional, sino en su utilización como herramientas para justificar la eliminación de los contrapesos institucionales, la independencia judicial, la libertad de prensa y los mecanismos de control al poder.
Uno de los aportes más interesantes del autor consiste en explicar cómo el discurso populista necesita construir permanentemente un culpable. En un primer momento ese responsable puede ser la élite económica, la oposición política, los medios de comunicación o cualquier grupo presentado como obstáculo para el cambio. Sin embargo, cuando esas explicaciones dejan de ser suficientes, el culpable termina siendo el propio orden constitucional. Entonces la Constitución deja de verse como la garantía de los derechos y comienza a presentarse como el principal impedimento para satisfacer la voluntad popular.
Es allí donde aparece la expresión que da título a la obra: "La Constitución soy yo". Ya no es el texto constitucional el que limita al gobernante; por el contrario, es el gobernante quien pretende convertirse en el intérprete exclusivo de la Constitución, confundiendo la voluntad del Estado con su propia voluntad política. En ese momento desaparece la esencia del constitucionalismo moderno: el poder deja de estar sometido al derecho y el derecho termina subordinado al poder.
Especialmente llamativa resulta la explicación que desarrolla Gaona sobre la manipulación de la percepción ciudadana. El autor acude no solo al derecho constitucional, sino también a la filosofía, la psicología y hasta a conceptos provenientes de la física para sostener que el éxito del populismo depende de alterar la forma en que la sociedad interpreta la realidad. No importa tanto modificar los hechos como modificar la percepción de esos hechos. Cuando ello ocurre, las instituciones dejan de ser evaluadas por su función objetiva y pasan a juzgarse únicamente desde la narrativa política construida por quien ejerce el poder.
Desde luego, esta tesis puede generar controversia. Algunos podrán considerar que el autor generaliza fenómenos políticos muy diversos bajo la categoría de "populismo" o que el riesgo de concentración del poder no es exclusivo de una determinada corriente ideológica. Esa discusión es válida y necesaria. Sin embargo, el mayor mérito de la obra consiste precisamente en advertir que las democracias contemporáneas ya no suelen morir por la fuerza de las armas, sino mediante reformas aparentemente legales que, paso a paso, erosionan las garantías que hicieron posible el Estado de derecho.
La historia constitucional demuestra que ninguna democracia es inmune a estos procesos. Cuando el ciudadano acepta que las instituciones son un obstáculo para la voluntad del gobernante de turno; cuando la independencia judicial comienza a verse como un problema y no como una garantía; cuando la Constitución deja de ser el límite del poder para convertirse en un simple instrumento político, la democracia entra en una zona de riesgo de la que resulta cada vez más difícil regresar.
En definitiva, el libro de Mauricio Gaona no debe leerse como una obra partidista, sino como una advertencia sobre la fragilidad de las instituciones democráticas. Su mensaje central es claro: la Constitución existe precisamente para impedir que alguien pueda decir, algún día, "la Constitución soy yo". Mientras el poder permanezca sometido a la Constitución, existirá democracia constitucional; cuando ocurra lo contrario, aunque permanezcan las elecciones y las formalidades jurídicas, el Estado de derecho habrá comenzado a desvanecerse.


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