La oportunidad de encender la curiosidad por el territorio
Por: Rita Mendoza Simahan
Las puertas de mi casa se abren y se cierran con el mismo rumor de siempre, jóvenes que llegan con cuadernos a cuestas, celular en mano, preguntas en la voz y la necesidad de completar una tarea escolar. Esas visitas, la mayoría improvisadas, sin agenda, muchas veces a horas impropias, son una mina de posibilidades. No se trata solamente de ayudar a una tarea escolar, lo miro como una bendición, la oportunidad de trazar un puente entre generaciones y de encender la curiosidad por el territorio y de devolverle al conocimiento su forma más viva: la oralidad y el contacto directo con la memoria del terruño.
La realidad es cruda y amable a la vez. Muchos jóvenes llegan perdidos, no saben cómo preguntar y por dónde empezar; muchos preocupados, pues la información no la han podido obtener únicamente dando un clic. No comprenden la riqueza de preguntar a quien vivió o vivencia un hecho o la que tiene el conocimiento. Por otro lado, existen adultos que miran con distancia, la mayoría dicen que están siempre ocupados y temen involucrarse. En medio de este vacío, surge una falla doble: la falta de interés de los jóvenes por lo ancestral y la desaprovechada disposición de quienes podrían orientarles, Y es precisamente aquí, desde esta casa Simanera, mi casa familiar , especialmente el Kiosco, se convierte en una aula ágil. Una conversación de veinte minutos, se convierte en una mini clase práctica.
El “facilismo” que anestesia la curiosidad de los jóvenes y la cultura digital que privilegia lo inmediato, no es culpa de ellos, es un tiempo distinto. Pero ahí es donde encuentro la oportunidad de encender su curiosidad, y empiezo a contar las historias como quien comparte un secreto sabroso; les abro los libros de mi padre “Alberto Mendoza Candelo”, les cuento su historia, y vamos a buscar juntos los pasajes de nuestro pueblo en “Memorias de Galeras”; les hablo del mural pedagógico de la historia de Galeras y lo caminamos juntos, hablamos de los personajes, les enseño a tomar apuntes y guardar fechas y datos en su cuaderno. Estos raticos, se convierten en pequeñas lecciones vivas, provocan preguntas, inquietudes y que transforma las inquietudes en una búsqueda de verdad que engancha y siembra amor por el territorio.
Y me atrevo desde esta columna, a exhortar de manera urgente a las personas mayores que respondan con generosidad. No se trata de resolverles la tarea, sino de acompañar el itinerario de aprendizaje. Nuestro reto es seducirlos con la belleza de su propia historia. Cuando el mayor comparte, no solo entrega datos, sino que transmite identidad, sentido de pertenencia y la posibilidad de hacerse responsable del legado.
Abrir puertas a estos jóvenes, es apostar por el futuro del pueblo, cada entrevista improvisada, cada anécdota compartida, y cada caminata por el territorio plantan semillas que puedan germinar en nuestra juventud en investigadores, gestores culturales, maestros, historiadores o simplemente habitantes que conozcan y cuiden su historia.
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